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28 agosto 2023

Un Libro sobre el S80

 El español reacciona bien, pero tarde, y prueba de ello es el submarino S-80 (S-80 Plus tras numerosas modificaciones). La génesis de uno de los últimos ingenios de la Armada certifica este dicho popular que atribula a los herederos de Pelayo desde tiempos inmemoriales. El primero de las cuatro unidades que recibirá la Armada entrará en pleno servicio en unas semanas, y los expertos dicen que se trata de un ingenio extraordinario. Pero su gestación ha sido lenta, y llega tarde a muchos de sus destinos programados. Su génesis se desgrana en un libro de próxima aparición en el que se analizan sus posibilidades.

El día que la guerra mutó

El 11-S cambió el mundo para siempre, y uno de sus primeros efectos se sintieron en los ejércitos de todo el planeta. La mirada que militares y estrategas echaron sobre los conflictos dio un giro de 180 grados. Ahora se necesitaba otro tipo de ejército, más pequeño y fibroso, más flexible. El Gobierno español quiso matar varios pájaros de un tiro al sustituir los existentes submarinos S-70, por un producto autóctono, exportable, de tecnologías propias y dotado de tintes ecológico-sostenibles. El problema es que cuando se decidió embarcarse en la aventura, España no disponía de lo necesario. 

Antes de hacer aquel viaje, no se hicieron las preguntas adecuadas, lo que lastró el proyecto. Tanto que el primer escándalo consistió en que los cálculos iniciales estaban errados y el barco no flotaba; se hundía como piedra en río tras su primer chapuzón. Por fortuna, los responsables subieron la apuesta y en una huida hacia delante —y un costo del doble de lo previsto— el S-80 devino en una máquina que ha llamado la atención por sus excelentes prestaciones y características. 

Caída hacia arriba

«No ha sido fácil, pero lo que empezó siendo un error parece que va a acabar siendo un gran acierto, aunque con unos cuantos peros». El que habla es Christian D. Villanueva López, responsable de la revista Ejércitos, y autor de un libro sobre el proyecto S-80. Su salida a la venta coincidirá con la puesta en servicio regular del primer buque de esta serie, el S-81, ‘Isaac Peral’. En sus 320 páginas desgrana los vaivenes que ha sufrido el desarrollo y puesta en marcha de uno de los planes más ambiciosos de la industria militar española. 

«Sí, el S-81 tiene una pinta magnífica, pero llega al menos década y media tarde. El 11-S invitó a pensar que España necesitaba proyectar fuerza más allá del eje Balares-Canarias, con nuevas tareas como la capacidad de ataque a tierra, o la obtención de inteligencia. Pero la idea saltó en mitad de la transformación de la industria naval. La reconversión de los Astilleros Bazán, luego Izar, New Izar y más tarde Navantia, le sentaron mal al proyecto. Si añadimos las amenazas de Europa por las ayudas públicas a esta empresa, o que la venta de Santa Bárbara a General Dynamics no salió como se esperaba, la industria militar nacional no estaba en la mejor situación», afirma Villanueva. 

El auge económico de principios de siglo, José María Aznar codeándose con líderes mundiales, y la emergencia internacional del país llenaron de optimismo a los que tomaban las decisiones. De ahí que se rompiese con la industria naval francesa y se decidiera dar un paso adelante. A esto hay que sumar la apuesta por ser un país ‘muy renovable’ y se quisiera desarrollar un sistema de propulsión propio y exclusivo, basado en el bioetanol. La idea era ambiciosa y positiva en su conjunto, pero no teníamos los mimbres para cumplir las expectativas con rapidez. Tras mil volteretas, el S-81 flota, ha llamado la atención de observadores de todo tipo. Antes del final de la década llegarán otros tres más, pero lo que en principio serían 1.700 millones de euros de gasto, acabarán siendo casi 4.000. 

Pero… ¿qué tiene de especial?

Según Villanueva, el S-80+ no es el mejor submarino, sin embargo tiene muy buenas características generales; sin destacar en ninguna, hace bien muchas cosas. Una de sus principales ventajas es —será a partir del S-83— su sistema AIP. Desarrollado por Abengoa, le permite navegar durante casi dos meses en superficie, y pasar semanas bajo el agua de manera independiente del aire. No tendrá que salir a la superficie a respirar, y se habla de entre 15 y 21 días bajo el agua. «No cuentan los detalles y es lógico, aun así, en el libro hay una tabla donde se aporta un cálculo aproximado. No es lo mismo estar posado en el fondo del mar, quieto, que navegando. Esto afecta al consumo, por ejemplo. Pero sus motores eléctricos serán muy silenciosos, de lo mejor. Hay muy pocos países que tengan algo así». 

Otra de las claves de los submarinos es la tecnología de escucha que lleven instalada. «La mejor. El S-80 lleva sensores de proa, a los lados, y remolcados de las compañías Thales y Lockheed Martin, que son de lo más avanzado del mercado. Sí, sus países de referencia seguramente tengan lo mejor de lo mejor y nosotros recibamos versiones ligeramente inferiores, pero superan a todo lo conocido. Además, España suele jugar muy bien la carta de la personalización, mejoras y desarrollo de estos sistemas que se suelen dejar ‘abiertos’ al usuario. Todo conforma el sistema de combate, que gestiona estos sensores, con tecnología de soberanía española, y se puede retocar, desarrollarlo y amoldarlo. Luego lo que captan se confrontan con las bibliotecas de sonidos de toda la OTAN, y pueden distinguir a submarinos propios o ajenos, barcos… Es un sistema genial». 

El grado de automatización de la nave es muy alto. Se reduce mucho la tripulación (32 marinos), que tiene ahora más espacio, pero se le aplica una mayor carga de trabajo. Y aquí llega otro problema: el personal. La escuela naval de submarinos de Cartagena, ESUBMAR, es una buena plataforma, pero con los retrasos se han ido perdiendo naves y tripulaciones. Al igual que Navantia perdió muchos ingenieros muy conocedores y bien formados en el proceso de reconversión, las casi dos décadas de déficit subacuático ha dejado a la Armada sin mucho material humano. 

Mercado internacional

Una de las ideas iniciales fue que el S-80 sería diseñado con posibilidades de venta al exterior. Con ello se amortizarían las fuertes inversiones en su desarrollo, pero sus retrasos han condicionado esta posibilidad. «Entre 1997 y 2007 hubiera sido muy fácil salir al mercado con un producto así. Nadie tenía nada parecido, hubiera sido un éxito, no obstante llegamos tarde. Ahora franceses, suecos, rusos, o Corea del Sur ya llevan tiempo ofreciendo lo que tiene. Hasta Japón se está planteando vender lo suyo, que es bastante bueno. 

Nuestro mercado natural, Latinoamérica, tiene dos problemas: llevan un largo periodo de cierta estabilidad, de paz, y no necesitan esto de forma perentoria, y, por otra parte, no tienen dinero. Para resto de los interesados llegamos tarde, como en el concurso holandés. Australia ya compra a Navantia, pero se han metido en los submarinos nucleares estadounidenses. Cada unidad podría salir por unos quinientos millones de euros, y el mercado está muy cerrado. Imposible no es, pero tampoco iba a ser fácil. Aquí el gobierno tiene mucho que hacer. Diplomacia, negociación, concesiones, inteligencia, etc. Este tipo de producto no solo se vende por ser mejor o peor, sino por política. Si otros lo consiguen, es que lo hicieron mejor en ese tema». 

¿Y el futuro? «Se ha invertido mucho. Lo ideal sería que se construyeran al menos un par de ellos más, o que se metiesen lo antes posible en el S-90. Así se daría continuidad y sentido a todas esas sinergías, inversiones, y desarrollo. El futuro pasa por constelaciones de drones submarinos, dedicar muchos recursos a tecnología, desarrollar de manera independiente, apartarnos de Francia, y no querer ser segundones. Si al principio no salió bien, fue porque se hizo mal. Ahora se está haciendo bien, se avanza. Detener todo esto sería un nuevo error».

El S-81+ Isaac Peral se botó y entregó a la Armada en 2021. Desde entonces ha efectuado miles de pruebas, y entrará en pleno servicio al acabar el verano. Su hermano, el S-82+ Cosme García llegará en 2024, y en 2026 y 2028 llegarán dos nuevos compañeros más avanzados, potentes y modernos. España es una península rodeada de agua; el enemigo siempre estará, como mínimo, a un mar de distancia. En el país donde se inventaron los submarinos, por fin volvemos a tener algo realmente bueno. 

15 noviembre 2021

S71 INS Chakra – La pionera y sus hombres

 

S71 INS ChakraEn el libro, Cmde Arun Kumar escribe sobre el arrendamiento del SSGN que permitió a la Armada de la India basar, mantener y operar submarinos de propulsión nuclear.

Por Joseph P. Chacko, 

El reciente anuncio del Tratado AUKUS el 15 de septiembre de 2021 entre Australia, Reino Unido y Estados Unidos ha puesto de relieve el tema de los submarinos nucleares en Asia. Si hay que creerlo, Australia inicialmente obtendrá algunos barcos nucleares más antiguos, seguidos de la construcción de ocho más nuevos. Podría implicar la venta total de los barcos nucleares por parte de los EE. UU. A Australia, y los países del paquete de AUKUS se han acercado a la AIEA para lo mismo. De lo contrario, estos barcos podrían alquilarse a Australia siguiendo el formato India – Rusia.

India es el primer y único país que opera submarinos nucleares arrendados. Es porque un submarino nuclear no se puede vender a otro país, ya que entrará en vigor en varias convenciones y tratados del mundo nuclear. Coincidiendo con el evento AUKUS, se lanzó un libro, ‘S71 INS Chakra – The Pioneer and her men’ del veterano submarinista Cmde Arun Kumar (Retd), en el primer barco nuclear que India adquirió en arrendamiento con la URSS.

India es históricamente tímida a la hora de discutir la palabra «N». Combínelo con el brazo submarino secreto y su personal de labios apretados; es posible que nunca hayamos conocido la historia de los submarinos nucleares de la Armada de la India. El primer libro sobre el tema ‘Bajo tres banderas -La saga del submarino Cruiser K-43 / Chakra’, escrito por un ex oficial naval ruso y el capitán del barco, Alexander IvanovichTerenov, relata su versión de la historia como el Comandante oficial del SSGN K-43. Este libro era limitado en cantidad y, afortunadamente, tengo una copia firmada personalmente por el autor.

Más sobre el autor del libro

Entré en contacto por primera vez con Cmde Arun Kumar mientras escribía la primera historia del brazo submarino de la Armada de la India titulada ‘Foxtrot to Arihant – La historia del brazo submarino de la Armada de la India’. Con sus credenciales, era la persona adecuada para consultar por el libro. Cmde Arun Kumar se graduó de la Academia de Defensa Nacional en diciembre de 1971 y se unió al brazo de Submarinos en 1975 para servir al brazo durante los siguientes 28 años. Ha servido y comandado todas las clases de embarcaciones convencionales y asumió funciones como comandante de la base de submarinos INS Virbahu, Escuela de submarinos, INS Satavahana y como COMSUB Este comandó los Escuadrones de submarinos 8 y 11, así como el Escuadrón de submarinos 10 como Capitán SM. Cmde Arun Kukar jugó un papel clave en el crecimiento del brazo como ‘Director Principal de Adquisición de Submarinos’ en la dirección del Plan de construcción SM de 30 años en NHQ en su último nombramiento. Durante su mandato final, dirigió el contrato del Submarino Scorpene y las actualizaciones de mediana edad de otros submarinos convencionales. La guinda del pastel es que estuvo estrechamente asociado con el primer Chakra del INS del Submarino S71 nuclear. Formó parte de la tripulación de puesta en servicio y desmantelamiento de Chakra como primer teniente y oficial ejecutivo, respectivamente.

El libro – S71 INS Chakra – La pionera y sus hombres

Lógicamente, este libro es el relato de primera mano del primer submarino de propulsión nuclear de la Armada de la India, el SSGN clase Charlie, alquilado a la URSS durante tres años y, por supuesto, la versión india de la historia.

En el libro, Cmde Arun Kumar escribe sobre el arrendamiento del SSGN que permitió a la Armada de la India basar, mantener y operar submarinos de propulsión nuclear. El arrendamiento facilitó el desarrollo del diseño para la construcción autóctona de submarinos nucleares. La experiencia también creó un ecosistema para el monitoreo de la radiación, los servicios de seguridad y la gestión de desechos.

El segundo aspecto es el entrenamiento de la tripulación en Vladivostok de 1983 a 1986, que se detalla en la Parte 1 del libro.

El tercer aspecto fue la puesta en servicio en enero de 1988 y la explotación del barco en la India hasta su regreso a la URSS en enero de 1991, que se trata en la Parte 2.

Una de las críticas es la falta de información sobre la parte operativa del submarino nuclear. Pero dicha información es perjudicial para la seguridad y el funcionamiento futuro de los submarinos de la India. Además, el libro ha pasado por las tijeras de la inteligencia naval, lo cual es obligatorio según las reglas del servicio.

Disponible como un libro de mesa de café de tapa dura en la India y en rústica en todo el mundo, el costoso libro desacredita muchas falsedades en el contrato de arrendamiento presentadas por los llamados expertos, especialmente los sitios web contra la proliferación, cuyo contenido se ha repetido en la mayoría de los artículos posteriores.

Cmde Arun Kumar explicó que la educación es clave para disipar mitos, refiriéndose a falsedades, durante mi interacción con él. El libro cubre el alcance del acceso al reactor nuclear en el submarino para el personal indio, el papel de la tripulación soviética, los accidentes y las reparaciones, que han sido los puntos clave de la discordia con los analistas. Gran parte de las críticas que aparecieron en los medios occidentales se debieron a desinformación y distorsión deliberada, ya que no podían soportar la Armada de un «país del tercer mundo» que operaba un barco de propulsión nuclear. Las normas de vigilancia y seguridad radiológica estaban muy en consonancia con las normas internacionales. Los datos sobre el rendimiento del barco durante su período de arrendamiento desacreditan las críticas de los medios occidentales.

El mando y control de la embarcación, en su totalidad, incluido el acceso y la operación del reactor y los sistemas asociados, durante todo el período de arrendamiento, estuvo a cargo de la Armada de la India y la tripulación. La presencia de algunos especialistas soviéticos a bordo fue solo para cumplir con los requisitos legales del ‘Arrendador’. La tripulación soviética no estaba a bordo durante el arrendamiento y se les denominó «especialistas».

Otros ex oficiales de submarinos y Chakra que han contribuido al libro son el primer capitán del barco RN Ganesh, VADM SV Bhokare, quien recientemente se retiró como el Cuartel General Integrado de Seguridad Nuclear del Inspector General; CMDE Samuel Daniel; el capitán ruso AI Terenov; RADM SC Anand y RADM RK Sharma (ambos son capitanes de Chakra, RK Sharma el último capitán); y CMDE PG George y CMDE Mukesh Bhargava (sobre servicios especiales de seguridad e instalaciones de atraque para Chakra). El Cdr ha contribuido con un capítulo sobre la capacitación indígena para la tripulación de reemplazo que estaba a bordo en el tercer ciclo de operaciones. KG Prasad (R), quien fue el oficial de torpedos en ese período.

Además de la tripulación de Chakra, el libro está dedicado a Cdr MP Bopaiya y a un marinero senior muy dinámico y eficiente, y el ‘Coxswain’ designa al MCPO I, Gaj Raj Singh Nears, por sus respectivos roles durante el entrenamiento y la puesta en servicio del submarino en la URSS. Cdr. Bopaiya fue el XO del destacamento durante el entrenamiento en la Unión Soviética.

La esperanza

El libro mantendrá viva la historia para las generaciones futuras. Espero que más submarinistas solitarios se presenten y documenten su versión de la narrativa.

12 junio 2020

“Torpedo en el agua”: relatos de la guerra de Malvinas a bordo del submarino San Luis

Maegli acompañado del comandante durante el momento de snorkel. La mirada cansada refleja el stress del momento. Foto: Gentileza contralmirante Alejandro Maegli.
Maegli acompañado del comandante durante el momento de snorkel. La mirada cansada refleja el stress del momento. Foto: Gentileza contralmirante Alejandro Maegli.
“Cuando era chico, iba a pasear a la escollera norte y veía pasar los submarinos”, relata el contraalmirante retirado de la Armada, Alejandro Guillermo Maegli, quien vive en Mar del Plata desde pequeño. En ese entonces, desconocía que, con 27 años y con el grado de teniente de fragata, participaría de la guerra de Malvinas en una de esas naves: el submarino ARA San Luis. No fue casualidad, fue el llamado de la Patria y el instinto de seguir su vocación. Entró a la Escuela Naval y la curiosidad lo llevó a presentar la solicitud para hacer el curso de submarinista.
¿Por qué Maegli fue a la guerra en el San Luis? Tras finalizar el curso, lo destinaron allí. El 82 era su segundo año en el submarino. Para marzo, esperaba la llegada de su primera hija. ¿Acaso alguien se preguntó como vivieron la guerra los familiares de los combatientes? La esposa de Maegli lo hizo con una beba de apenas unos días, acompañada por su madre y a la espera de noticias.
“Uno no tiene una idea exacta de lo que va a hacer en su vida. Las cosas te van sorprendiendo”, se lo escucha confesar. Orgulloso de haber seguido esta especialidad, describe que hay una mística que los caracteriza. “Cuando entré por primera vez a un submarino, tuve la impresión de que las cosas se me venían encima. Es como un caño grande lleno de equipos. Para pasar de un lugar al otro, siempre tenés que pedir permiso o rozar a alguien. A medida que pasa el tiempo, ese lugar es cada vez más espacioso”, describe y concluye: “Es una pasión por la que sacrificás un montón de cosas. Son cosas que te forjan la personalidad. Somos meticulosos porque las cosas son más complicadas”.
Volviendo al momento preciso en que se iba a convertir en padre, Alejandro recuerda: “A fines de febrero del 82, acompañé a mi mujer a un control, y el ginecólogo me preguntó qué pasaba que parecía que íbamos a invadir las Malvinas. ‘¡Doctor, no tengo la menor idea!’. En mi cabeza, estaba el nacimiento de mi hija y el hecho de que el 12 de marzo tenía que zarpar para la primera navegación de rutina, el primer adiestramiento del año”, rememora desde Mar del Plata, la misma ciudad que lo vio partir el 11 de abril de 1982. Alejandro aún mantiene vivo el recuerdo imborrable de aquella noche: sus luces, el ruido del mar calmo y el agua que brillaba. Los detalles de aquellos días permanecen intactos en la cabeza, y quizá también en el corazón, del militar.
Con 27 años y con el grado de teniente de fragata, Maegli participó de la guerra de Malvinas a bordo del submarino ARA San Luis. Foto: Gentileza contralmirante Alejandro Maegli.
Con 27 años y con el grado de teniente de fragata, Maegli participó de la guerra de Malvinas a bordo del submarino ARA San Luis. Foto: Gentileza contralmirante Alejandro Maegli.
A bordo del San Luis, durante el ejercicio de rutina, le llegó el esperado mensaje: “Nació María Inés. Ambas bien”. Pero no fue el único, también recibieron otro: “Finalizadas operaciones, destacarse de inmediato. Cada buque a su puerto”.
Apenas tocó tierra, Maegli pidió autorización para conocer a María Inés. En el camino, se cruzó con un compañero, con quien mantuvo un breve diálogo:
–¿Qué te pasa que tenés esa cara?
–Se pudrió todo. En dos días, zarpamos a las Malvinas.
“Ese fue mi contacto con la realidad; ya llegué medio raro a mi casa. Le pude dar la mano a mi hija, pero, de la felicidad, pasé a las preocupaciones. Al otro día, empezaron a alistar el buque para una patrulla de guerra”, narra.
Comenzaron los preparativos: había que embarcar las armas y reparar el San Luis, porque había tenido un problema en los motores. “El submarino embarca 14 torpedos de 7 metros de largo, no es sencillo ni fácil prepararlos. Además, cada dos años, el casco entraba a dique seco para limpiarlo y sacarle las incrustaciones que le quitan velocidad. Eso lo tuvimos que hacer nosotros con los buzos”, detalla Maegli al tiempo que explica que estos buques son los primeros que despliegan porque tardan en llegar.
En el tablero se pueden ver trayectorias de los blancos que atacó el San Luis. Foto: Gentileza contralmirante Alejandro Maegli.
En el tablero se pueden ver trayectorias de los blancos que atacó el San Luis. Foto: Gentileza contralmirante Alejandro Maegli.
¿Qué sensaciones tenían?: “Íbamos a luchar contra la potencia número uno del mundo en guerra antisubmarina. No eran cosas menores, pero había que hacerlas. La idea es que todo se trataba de maniobras para poder negociar. Cuando dejaron de hablar, fue el hundimiento del Belgrano”.
“Señor, tengo un rumor hidrofónico”
“Cuando zarpamos, no estábamos en guerra, era una crisis. Entonces, nos mandaban a un área de espera, que estaba más o menos a mitad de camino entre Mar del Plata y las Malvinas. Teníamos que estar cerca por si el evento escalaba”, especifica Maegli en relación con las instrucciones que recibieron. Luego, había una segunda parte que indicaba qué medidas debían adoptar una vez que la guerra se desatara: acercarse a las Malvinas. Se establecieron diferentes zonas alrededor de las islas, todas recibieron nombre de mujer: “Una se llamaba María, por mi hija, me dijeron años después”, agrega.
El contraalmirante recuerda cada detalle. Cuenta, por ejemplo, que mientras permanecían en el área de patrulla “Enriqueta”, al submarino se le rompió la computadora que controlaría el disparo de los misiles. Intentaron repararla, pero sin éxito. Deberían lanzar los torpedos de modo manual.
Maeglí junto a varios de sus compañeros, en el subarino ARA San Luis. Foto: Gentileza contralmirante Alejandro Maegli.
Maeglí junto a varios de sus compañeros, en el subarino ARA San Luis. Foto: Gentileza contralmirante Alejandro Maegli.
Cerca del 28 de abril, recibieron la orden de desplegar a máxima velocidad hacia el área de patrulla María: “Todo contacto es enemigo, atacar. Nadie de la propia Fuerza iba a pasar por esa zona, nos facilitaban la tarea, sabíamos que todo el que pasara por ahí no era amigo”. Durante los días previos, comenta, el ánimo de los tripulantes fue cambiando, las ordenes que recibían sumaban complejidad al panorama.
“Llegamos a la zona de guerra. Estábamos ahí, las islas no las ves, pero las sentís. Nos dedicamos a hacer patrulla hasta que tuvimos el primer contacto, el 1º de mayo. El submarino requiere una maniobra, el snorkel, para poder comunicarlo con la atmósfera. Para hacer la maniobra, es necesario poner en marcha los motores, así se cargan las baterías y se renueva el aire”, explica. La operación a la que se refiere se hacía de manera diaria antes del amanecer para evitar que el enemigo los viera. Maegli hacía guardia todos los días entre las cuatro y las ocho de la mañana, así que siempre estaba presente al momento de activar los motores: “Es la maniobra más riesgosa, porque estas mostrándote y haciendo ruido”.
El comandante acompañaba los 40 minutos, aproximadamente, que duraba la operación, luego se retiraba. Aquel día, una vez que terminaron, le dijo a Maegli: “Cualquier cosa, me avisa”. Minutos después, el marplatense por adopción (nació en Entre Ríos) estaba por terminar la guardia cuando el sonarista detectó un rumor hidrofónico. Estaba en el noreste y era persistente. Cuando Maegli notificó al comandante, este le respondió: “Cubra puestos de combate”.
Al regresar a Puerto Belgrano, la tripulación del San Luis es recibida por autoridades. Foto: Gentileza contralmirante Alejandro Maegli.
Al regresar a Puerto Belgrano, la tripulación del San Luis es recibida por autoridades. Foto: Gentileza contralmirante Alejandro Maegli. 
“La piel se te pone un poquito extraña. Me advirtió que no llamara al personal por el difusor, ya que generaría ruido. Tenía que ir al dormitorio y despertarlos uno por uno. Recuerdo las caras. Todos están preparados para que los llamen, pero cuando te dicen ‘Ponete el autorespirador’… La adrenalina comenzó a circular fuerte”, reflexiona.
Ya en su puesto, se encontraba con las personas que lo acompañaban, todos alrededor de una pequeña mesa: “Cada uno con una actividad febril y nerviosa. Yo estaba sentado, de golpe me empezaron a temblar las piernas. La mesa tenía un caño que soportaba el tablero; intenté enroscar las piernas, me agarré la frente con las manos y puse los codos sobre la mesa para intentar controlar el temblor. De repente, me dije ‘Alejandro, dejá de jorobar’. Cuando levanté la mirada, estaban todos en la misma posición. A la orden de ‘terminar’, comenzamos a bromear”.
Desde las 8 hasta las 10.50, estuvieron acercándose al blanco. Maegli recuerda el horario porque fue cuando el comandante lanzó el torpedo. “El ruido del torpedo saliendo… es otro toque de realidad. Atacamos a unos barcos que se acercaban a la isla. El torpedo no se comportó como tenía que hacerlo: en vez de correr a 10 metros de profundidad por debajo del agua, salió rápidamente a la superficie. Los helicópteros que volaban delante de esos buques dieron alerta y los barcos se alejaron”. Durante aquella jornada, el bautismo de fuego, recibieron hostigamiento hasta las seis de la mañana del otro día. “Nos tiraron con todo lo que tenían. Luego tuvimos que evadir un torpedo. Fueron 24 horas de estrés y con el aire que se agotaba. Finalmente, pudimos salir a superficie y pasamos el informe de contacto; era importante hacerlo para transmitir la certeza de que pasaron esas naves. Después, nos enteramos de la noticia de que habían hundido el submarino Santa Fe. Ese fue un bajón anímico, había compañeros allí”, narra, al tiempo que agrega que, si bien los mensajes que se enviaban estaban cifrados, para que el enemigo no detectara altas o bajas en el volumen de tráfico, las noticias eran constantes. Lo importante y vinculado a las operaciones se encontraba mezclado con noticias periodísticas y familiares. Estas últimas buscaron transmitirlas en momentos puntuales, pues, en vez de levantarles el ánimo, tenían el efecto contrario.
“Ya no éramos las mismas personas”
Luego de aquella jornada, hicieron otro contacto. Lo atacaron, pero, luego, advirtieron que se trataba de un ruido biológico. Durante la guerra, a los ingleses les ocurrió lo mismo mientras buscaban al San Luis.
“Ya no éramos las mismas personas que empezamos. Ya no teníamos la mirada lánguida, queríamos darles, estábamos ahí y había que resolverlo. El summum de eso fue la tercera acción: eran dos naves. La primera venía por el este y se aproximaba rápido. De hecho, nos dejó dando vueltas como a un trompo, ni siquiera nos dio tiempo de acercarnos a distancia de tiro. Luego detectamos otro barco que venía del noreste. La trayectoria de ambos se juntaba en el estrecho de San Carlos”, explica y agrega que, ante ese contexto, el comandante decidió esperarlos: “Si entran por allí, deben salir por el mismo lugar”.
"¿La última sensación de aquella guerra? Fue la que tuve cuando volvíamos y salimos a superficie. Esa bocanada de aire al abrir la escotilla. Ese olor a vida. Me hizo marino de nuevo”, cuenta Alejandro. Foto: Gentileza contralmirante Alejandro Maegli.
“Preparamos las armas. El comandante se acercó a 4000 yardas –un poco menos de 4000 metros– y decidió lanzar sobre el blanco con menos probabilidad de errarle. Lanzamos el torpedo y salió hacia donde tenía que ir, pero, en vez de explotar, se sintió un ruido seco. Automáticamente, los dos barcos pusieron máxima velocidad y escaparon. Luego, se comprobó que los torpedos tenían muchos problemas”, puntualiza. Los ingleses comenzaron a buscarlos; la situación era insostenible. El aire estaba lleno de radares. “Nos dieron la orden de volver. Cinco días después, llegamos a Puerto Belgrano”, revela.
¿Cómo fue el regreso? “Uno tiene un embale bárbaro, y los otros estaban en otra frecuencia. Estábamos dentro de la dársena. Recuerdo que nos fuimos a dormir y, allí, con el objetivo de evitar ataques comandos, había una especie de guardia que, cada tanto, tiraba cargas pequeñas en caso de que hubiese buzos. Nosotros no lo sabíamos y, a las cinco de la mañana, sentimos el ruido. Veníamos de la guerra, así que pensamos que nos estaban atacando”.
La identificación de Maegli, todo un recuerdo de la guerra. Foto: Gentileza contralmirante Alejandro Maegli.
La identificación de Maegli, todo un recuerdo de la guerra. Foto: Gentileza contralmirante Alejandro Maegli.
Pasados algunos días, pudieron ir a ver a sus familias, pero tenían que regresar para terminar de alistar al San Luis. La idea era volver a zarpar. Sin embargo, el plan no se pudo concretar, antes llegó la rendición: “El final fue muy triste. Murió gente, muchos conocidos”.
Vivir el hoy con las enseñanzas del ayer
“Todo lo que conté lo vivió un muchacho de 27 años. Hoy tengo 65. Puedo estar tergiversando, por la memoria, algunas cosas. Con el tiempo, me planteé un dilema: uno no tiene ganas de ir a la guerra y dejar a la familia. Pero yo entré a la Armada pensando que esto iba a pasar, más como una posibilidad. Ahora, cuando llega la posibilidad concreta, decís ‘¡A la pucha!’. Es lo que yo quise hacer, el país paga por vos, por las dudas de que en un momento te tenga que llamar. Esa obligación moral, cuando la mezclás con los sentimientos del deber irrenunciable… A mí, no me gustó ir a la guerra, pero, gracias a Dios, fui”, confiesa, al tiempo que resalta que no es la misma persona de 1982.
“Cuando está en riesgo tu vida, hay cosas que te generan sensaciones imborrables. La garganta seca en el momento en el que el sonarista dijo ‘Torpedo en el agua’ (del enemigo) y el submarino empieza a poner velocidad. Eso no lo te podés olvidar, y quizá fueron 40 segundos, pero para mí fueron una vida. El temblor de las piernas y ver que el resto estaba igual o peor que yo, eso tampoco. ¿Qué es el miedo? Algo que tenemos todos, el tema es cómo convivir con él”, sintetiza el contraalmirante.
Una imagen del subamarino San Luis haciendo Snorkel. Foto: Gentileza contralmirante Alejandro Maegli.
Una imagen del subamarino San Luis haciendo Snorkel. Foto: Gentileza contralmirante Alejandro Maegli.
¿La última sensación de aquella guerra? “La que tuve cuando volvíamos y salimos a superficie. Esa bocanada de aire al abrir la escotilla. Ese olor a vida. Me hizo marino de nuevo”, responde. Maegli, quien, además, resalta un detalle, hoy anecdótico: “Nosotros vivíamos en un departamento con una cocina pequeña, tendría dos metros por uno. Yo no me daba cuenta, pero me quedaba en ese ambiente. Creo que sentía la necesidad de permanecer en lugares confinados. Inconscientemente, buscaba las dimensiones de los 40 días anteriores. Luego, la locura del mundo me llevó de nuevo a la vida. Creo que las familias pueden contar mucho más que uno”.
“Ahora, entré en rutina de patrulla”, bromea Maegli en relación con la cuarentena. Con su experiencia, y sin perder el humor, se permite compartir algunos consejos: “No sé si todo el mundo está preparado para el confinamiento. No hay que abandonarse a lo aleatorio, hay que hacerse rutinas, no muy estrictas, para pasar el día. Yo, por ejemplo, camino una hora diaria por mi casa. Mi esposa me reta porque le paso por arriba de la alfombra”.