16 diciembre 2020

Hedor y muerte: la dura vida en un submarino nazi de la Segunda Guerra Mundial, según sus capitanes más letales

 La estampa que ofrecía al llegar a puerto Wolfgang Lüth, el segundo comandante de «U-Boote» más letal del Tercer Reich con casi medio centenar de navíos hundidos en su hoja de servicios, no tenía precio. La extensa barba, seña de identidad de los submarinistas germanos, la ya desarrollada calva que dominaba su cabeza, y sus dientes algo irregulares le otorgaban cierto aire darwiniano. Tras aquella curiosa imagen se hallaba, sin embargo, uno de los oficiales que mejor navegaba en el tortuoso mar de las relaciones personales con la tripulación. Hasta tal punto, que sus filias y rutinas bajo las aguas fueron copiadas por sus colegas durante la Segunda Guerra Mundial.

En una extensa conferencia ofrecida el 17 de diciembre de 1943 en Weimar, Lüth desveló a los almirantes del Estado Mayor cómo era la vida de la tripulación dentro de un submarino. Con ella, sin saberlo, dejó un documento de importancia vital para entender el día a día de los submarinistas en plena  Segunda Guerra Mundial. No pudo ser más gráfico. Habló del molesto hedor a diésel que copaba el interior de los sumergibles, así como de la falta de espacio. También hizo referencia a que, a pesar de lo que sucedía en el resto de la marina, él había implementado varios cambios como servir un café menos cargado a sus serviolas (vigías nocturnos) para evitar, entre otras cosas, descomposiciones intestinales. 

Wolfgang Lüth, tras una extensa travesía
Wolfgang Lüth, tras una extensa travesía

Pero no explicó solo el lado más desagradable de la vida bajo las aguas. Lüth también desveló a los presentes los trucos psicológicos que utilizaba para evitar que sus muchachos se volvieran locos. Algunos de ellos, tan sencillos como poner música a última hora de la tarde con el objetivo de diferenciar entre el día y la noche; organizar campeonatos de ajedrez o prohibirles guardar en sus literas revistas y fotografías eróticas. Estas últimas, de hecho, eran arrojadas al mar, pues, en palabras del militar, nublaban la mente de los submarinistas. «No porque se tenga hambre hay que pintar atractivas hogazas en las paredes», afirmó.

Podría parecer exagerado, pero, tanto sus normas como su buen hacer a manos de un «U-Boot», le granjearon no engrosar la extensa lista de militares que acabaron sus días en una profunda fosa del Atlántico. Las cifras hablan por sí solas: a lo largo de toda la Segunda Guerra Mundial, y atendiendo a las fuentes, un total de 783 submarinos de la «Kriegsmarine» fueron destruidos y sirvieron como ataúdes de acero a 32.000 marineros. «Seguramente ningún otro Cuerpo ha tenido nunca tan elevadas pérdidas, sobreviviendo hasta el fin de la lucha sin que su moral se resintiese. Y, ciertamente, ningún otro consiguió resultados tan extraordinarios con relativamente tan pocos hombres y material», explicó Harald Busch, miembro del ministerio de Propaganda del Tercer Reich, en «Así fue la guerra submarina».

Hedor y ambiente

A finales de abril de 1941, cuando el reloj marcaba las ocho de la mañana, un joven alférez llamado Herbert A. Werner -a la postre uno de los comandantes de submarino más eficaces de la Segunda Guerra Mundial- se presentó en el puerto a su superior. «Herr Oberleutnant, pido permiso para servir a bordo». Su interlocutor le lanzó una mirada inquisitorial. «¿Qué demonios pasa con el cuartel general que me mandan otro alférez? Ya me han castigado con dos como usted, novatos que no saben cómo apesta en realidad un submarino». La respuesta se le quedó grabada a fuego en la mente. Pronto descubrió la razón que llevaba…

En alta mar, la peste que emanaba del interior de los sumergibles era característica. A diésel, a sudor y al aliento que despedían bocas habituadas a beber café para mantenerse alerta. Así lo corrobora, en declaraciones a ABC, el historiador y periodista Jesús Hernández, autor del blog  «¡Es la guerra!» y de una veintena de obras sobre la Segunda Guerra Mundial tales como  «Los héroes de Hitler» (Almuzara, 2020): «No había ninguna ducha. Teniendo en cuenta que el calor era asfixiante, pudiéndose llegar a los cincuenta grados, el perenne olor a gasoil y la humedad, el hedor que debían expeler los cuerpos es imaginable, a pesar de que solían usar un agua de colonia al limón, conocida como “Kolibri”, para eliminar el salitre». 

Submarino Tipo VII, el más popular entre los alemanes en la IIGM
Submarino Tipo VII, el más popular entre los alemanes en la IIGM

Lüth también le dedicó unas líneas en su extensa conferencia al hedor que se generaba en el interior de la nave. Acostumbrado a travesías largas (llegó a estar 205 días seguidos en alta mar) explicó que existía una suerte de neblina imposible de eliminar en el interior del sumergible. Un «vaho maloliente» acompañado de una «humedad constante» que copaba las fosas nasales. Por ello, además de por la salud mental de los marineros, aconsejaba ascender para ventilar y mantenerse en superficie cuando no hubiera peligro. En «Ataúdes de acero», el mismo Werner hizo también referencia a esta molesta peste con la que aprendían a vivir:

«Pálidos y barbudos maquinistas robaban unos pocos minutos para mirar el sol y el cielo y para llenar sus pulmones con aire limpio y fresco. En el interior del barco las condiciones eran muy diferentes. El hedor de 51 hombres sudorosos, del combustible diésel, de comida descompuesta y de pan enmohecido se mezclaba con los ofensivos olores que emanaban de la cocina y los dos diminutos lavabos. Los abrumadores olores y el interminable balanceo atontaban y mareaban a los hombres encerrados en el estrecho tambor. Solo la diaria inmersión de ajuste traía alivio parcial al perpetuo balanceo».

Escaso espacio

El segundo inconveniente era el escaso espacio del que disponían para pasar el día a día. Lüth definió la atmósfera como «antinatural e insana» si se comparaba con la de «un buque en superficie». Hernández corrobora las palabras de los comandantes a ABC: «El mayor problema era la falta absoluta de espacio en los primeros días, ya que se aprovechaba hasta el último centímetro para estibar provisiones. Los torpedos también ocupaban un espacio en el que, después de lanzados, se colocaban hamacas». Todo ello demuestra, en palabras del historiador, que, «pese al glamur que rodeaba a las tripulaciones de los submarinos, su vida a bordo era de todo menos glamurosa». 

Así definió Werner su primer «paseo» por aquel claustrofóbico lugar:

«La excursión pronto se convirtió en una seria experiencia. Después de unos pocos pasos me desorienté completamente. Me golpeé la cabeza contra tuberías y conductos, contra manivelas e instrumentos, contra las bajas y redondas escotillas en los mamparos que separaban los compartimentos estancos. Fue como arrastrarse por el cuello de una botella. Lo más engorroso de todo era que el barco se mecía vigorosamente en el mar crecientemente agitado. A fin de conservar mi equilibrio tenía que buscar apoyo frecuentemente mientras me bamboleaba como un borracho sobre las planchas del piso. Aparentemente tendría que agachar la cabeza, caminar con suavidad y moverme junto con el barco, o no sobreviviría un día dentro de ese tubo».

Herbert A. Werner
Herbert A. Werner

El espacio era tan escaso que solo había camas para la mitad de la tripulación. Por ello, se utilizaba el ya popular sistema de «camas calientes». Eso suponía que, en la práctica, una parte de la tripulación se hallaba de guardia mientras el resto descansaba. Así, hasta que tocaba cambiar. No era la situación más higiénica, pero poco más podían hacer. Además, ese método permitía que hubiera siempre marineros desvelados para atender cualquier eventualidad. «Toda esa tensión nerviosa acumulada por la claustrofobia podía estallar de golpe en lo que se llamó “Blechkoller”, algo así como “pánico a estar encerrado en una lata”, una reacción de histeria violenta», desvela Hernández a ABC.

Otra de las peores situaciones que podían vivirse en aquellos cascarones metálicos era la de soportar la claustrofobia cuando llovían cargas de profundidad desde los navíos aliados. En esos momentos era cuando afloraba, en palabras de Lüth, la tensión:

«El hombre que aguanta un ataque con cargas de profundidad metido en un submarino se encuentra en la situación del aviador que está siendo acosado por tres cazas al mismo tiempo. Uno y otro oyen distintamente cada uno de los proyectiles disparados contra él, y cada explosión, tanto si le da como si no, la siente hasta en el fondo de su ser. Pero el submarinista, a diferencia del aviador, no puede escapar por los aires, ni moverse, ni contestar al fuego enemigo. A menudo, bajo las explosiones de las cargas de profundidad, el submarino se queda sin luz, y, cuando las tinieblas rodean a un hombre, es fácil presa del terror».

Dura existencia

Según Lüth, las condiciones del día a día eran letales para la marinería. Los submarinos alemanes más típicos (los del Tipo VII) tan solo disponían de un retrete para el medio centenar de hombres de la tripulación. Por si fuera poco, lo habitual era que se embozasen debido al uso extremo y a la falta de cuidado por parte de la tripulación. Así lo rememoró el comandante en su conferencia: 

«El asunto del retrete puede ofrecer ciertas dificultades, sobre todo cuando embarca gente nueva y no saben manipular correctamente la bomba. Para que no se quede nadie esperando mucho tiempo, hago colocar un cartel en la entrada, que dice: “Sed breves”. Dentro hay un cuaderno colgando, en el cual cada usuario debe anotar su nombre. Así, en cuanto se produce un atasco, se conoce al culpable, que deberá darle a la bomba hasta que todo quede claro. Para que esto no parezca la confesión de un crimen, se permite añadir al lado de cada nombre los versos que se deseen; y al final del crucero hay tantos escritos que se podría pasar la tarde entera recitándolos».

Submarino tipo VII, durante la Segunda Guerra Mundial
Submarino tipo VII, durante la Segunda Guerra Mundial

A pesar de que los submarinos alemanes eran más bien sumergibles (pues solo se zambullían bajo las aguas cuando había enemigos cerca) la realidad era que la tripulación apenas salía a tomar el aire. En palabras de Hernández, aunque en el interior las veinticuatro horas discurrían bajo la misma luz eléctrica, intentaban seguir el horario de un día habitual con el objetivo de mantener la normalidad. Así, las comidas y cenas se llevaban a cabo a una hora determinada y, en el tiempo libre, se jugaba al ajedrez o se charlaba con los compañeros. Así lo reseñó Lüth:

«Como a bordo de un submarino los días y las noches tienden a confundirse, es necesario hacer algo para distinguirlos artificialmente. Durante la cena ordeno rebajar la luz en todo el barco, y una hora más tarde se da una sesión de música con discos. Como la guardia se cambia a las veinte horas, el concierto empieza una hora antes y termina una hora después, con un descanso en medio».

Lüth también procuraba diferenciar el domingo del resto de días. Así, convertía en especial una jornada que, de otra forma, se transformaba en monótona. Su truco consistía en comenzar la jornada con un disco de música y terminar el día siempre con el mismo: «Canción de cuna». A su vez, insistía a los marineros en que se pusiesen alguna prenda sin ensuciar. «Si a alguno le queda todavía alguna cosa limpia, que la guarde para el domingo». 

«Dentro del retrete hay un cuaderno colgando, en el cual cada usuario debe anotar su nombre. Así, en cuanto se produce un atasco, se conoce al culpable»

La comida era, en principio, buena. Sin embargo, se deterioraba a lo largo del viaje. En palabras de Hernández, al principio de la misión era variada. Se desayunaba café, huevos y pan con mantequilla y mermelada, y para el almuerzo y la cena se disponía de verdura, carne, patatas, salchichas o pescado. Pero cuando se acababan los productos frescos y el moho hacía su aparición, los alimentos se estropeaban y había que valerse de los alimentos enlatados. El alcohol se reservaba para las celebraciones, ya fuera cuando hundían un barco, una fecha señalada o el paso del ecuador. Lüth, como no podía ser de otra forma, contaba con sus propias triquiñuelas para conseguir buen pan y que sus hombres no se aburrieran:

«En mis submarinos se cuece el pan; pero como el horno no suele funcionar muy bien, se me ocurrió organizar un campeonato de panadería. Cuatro que sabían algo del oficio tomaron parte en la competición, y así conseguimos tener un pan de primera calidad. La cantina requiere un especial cuidado. Mi norma es que todo cuanto hay en ella se reparte igual para todos, de capitán a paje. Y si se hace alguna excepción se explica detalladamente el por qué a todos».

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