25 enero 2020

La batalla del Atlántico: vivir bajo las aguas

El 3 septiembre de 1939, el mismo día en que Gran Bretaña declaró la guerra a Alemania, el submarino germano U-30 hundió por error el transatlántico británico SS Athenia. Murieron 112 pasajeros, entre ellos, 28 estadounidenses. El incidente desató una crisis diplomática que a punto estuvo de cambiar el curso de la recién iniciada guerra.

El gobierno alemán, temiendo que Estados Unidos tomara parte en la contienda, encubrió el ataque acusando a Gran Bretaña de haber hundido ellos mismos el barco para forzar la entrada en guerra de sus aliados norteamericanos. Este incidente fue el insólito comienzo de lo que Winston Churchill bautizaría como “la batalla del Atlántico”. La Royal Navy, la marina británica, era la más poderosa del mundo en 1939.

Consciente de esa superioridad, la Kriegsmarine, la marina del III Reich, optó por enfrentarse a ella de dos maneras: a través de ataques con submarinos y utilizando en superficie la “guerra de corso”. El más convencido defensor de la primera opción fue Karl Dönitz. El almirante alemán presionó a Hitler para que incentivara la producción de submarinos con el fin de utilizarlos contra los convoyes británicos que suministraban alimentos, combustible y materias primas a la isla.

El Almirante Karl Dönitz siempre defendió la utilización del submarino.


El Almirante Karl Dönitz siempre defendió la utilización del submarino. (Dominio público)
Durante los dos primeros años de la contienda, los U-Boote, en solitario o mediante la “manada de lobos” (varios atacando “en manada”, preferiblemente de noche), hundieron miles de buques mercantes británicos. Su éxito fue tal, sobre todo a partir de la ocupación de Noruega y Francia en 1940 y la utilización de sus puertos, que Churchill llegó a escribir: “La única cosa que realmente me asustó durante la guerra fue el peligro representado por los submarinos”.

La segunda opción era la preferida de Erich Raeder, comandante en jefe de la Kriegsmarine hasta 1943 (sería sustituido por Dönitz). Raeder, además de la guerra submarina, defendía la lucha en superficie. Al no poder enfrentarse directamente a la Royal Navy, utilizó buques mercantes camuflados, equipados como cruceros de batalla. Estos “buques corsario”, como el célebre Atlantis (protagonista del libro y el filme Bajo diez banderas), lograron capturar y hundir cientos de cargueros con un mínimo coste.

Al final de la guerra, estos modestos buques resultaron ser más eficaces que los potentes acorazados alemanes. Como el colosal Bismarck, que apenas entró en combate antes de ser hundido. Para defenderse de esos ataques, la armada británica tomó varias medidas. En primer lugar, intentó variar todo lo posible las rutas de navegación de los convoyes para despistar al enemigo. Para ello fue clave el desciframiento de la máquina Enigma .

De los alrededor de novecientos submarinos alemanes que se botaron, solo sobrevivió una centena

Aunque fue usado con cautela para no despertar sospechas, la interceptación de las transmisiones alemanas permitió a la marina británica localizar las rutas por donde operaban los buques de la Kriegsmarine y desviar a los suyos por itinerarios alternativos. En segundo lugar, incrementó la protección de los convoyes utilizando corbetas, destructores y aviones como escoltas. Los avances tecnológicos facilitaron enormemente esta labor.

El perfeccionamiento de instrumentos de navegación como el sonar y el radar permitió una mayor precisión en la detección de los U-Boote y la posibilidad de atacarlos a través del lanzamiento de cargas de profundidad. Con la entrada en la guerra de Estados Unidos, la presencia de buques aliados en el Atlántico aumentó significativamente. Esto permitió mejorar la seguridad de las rutas de transporte e incrementar las fuerzas destinadas a la lucha antisubmarina.

Tras el desembarco de Normandía y la liberación de Francia en 1944, apenas quedaron buques alemanes operando en el Atlántico. A pesar de sus victorias iniciales, llegando a hundir unos tres mil quinientos mercantes aliados, el saldo de bajas de los submarinos alemanes fue demoledor. De los alrededor de novecientos submarinos que se botaron, solo sobrevivió una centena. Y de sus tripulantes, tres de cada cuatro no vieron el final de la guerra.

Vivir bajo el agua

Lo cierto es que, pese al demoledor resultado final, si en 1939 le hubieran preguntado a un joven recluta alemán en qué rama de las Fuerzas Armadas le gustaría servir, es probable que hubiera dicho en la Kriegsmarine, y en concreto a bordo de un submarino. Gracias en gran medida a la propaganda nazi, que ensalzó al U-Boot como ejemplo de arma invencible, los tripulantes de los submarinos alemanes estaban rodeados de un halo de prestigio y romanticismo.

El submarino Polaco ORP Orzeł, en Reino Unido en el año 1939. (Dominio público)
Se les consideraba héroes; una mezcla de soldados y aventureros, que vivían peligros combatiendo en alta mar dentro de un sofisticado buque, y eran recibidos con honores (y mucho cariño femenino) a su llegada a puerto. Es cierto que dormían y comían caliente todos los días, recibían buenas pagas y disponían de bastante tiempo libre, sobre todo en comparación con sus camaradas de infantería. Sin embargo, todos esos privilegios tenían un precio.

Como sardinas en lata

Las condiciones en las que vivían los tripulantes de un U-Boot distaban mucho de ser bucólicas. El medio centenar de hombres que servían en un submarino, la mayoría jóvenes voluntarios con un cierto nivel de preparación (de marineros a especialistas como maquinistas, torpedistas o radiofonistas), convivían apiñados en un espacio angosto y atestado de maquinaria, provisiones y armamento.

Las primeras semanas, hasta que entraban en combate, los buques iban tan llenos de torpedos que ni siquiera había espacio para desplegar todas las hamacas y literas que llevaban, obligando a algunos marinos a dormir encima de los proyectiles. Normalmente, en los submarinos solo había una cama cada dos hombres, por lo que se turnaban para ocuparla. La sensación de claustrofobia provocada por la falta de espacio se incrementaba por el ambiente enrarecido que se formaba en el interior.


Oficiales británicos buscando submarinos alemanes en 1941. (Dominio público)
Una mezcla de hedor a humedad, gasolina, comida, sudor (los hombres apenas podían lavarse ni cambiarse de ropa durante las travesías), letrina (había únicamente dos, aunque la de cubierta apenas se usaba) y una colonia de limón llamada Kolibri que se utilizaba para eliminar el salitre del cuerpo y disimular el olor corporal. A todo ello hay que añadir la falta de luz natural, la ausencia de privacidad, el ruido constante de la maquinaria y el asfixiante calor que desprendían los motores, que podía llegar hasta casi los cincuenta grados.

Para amenizar las largas jornadas de monotonía y relajar las tensiones provocadas por los combates y la “estrecha” convivencia, se organizaban competiciones (de ajedrez, damas, cartas), se ponía a determinadas horas música en un tocadiscos o se cantaban canciones acompañadas de instrumentos, normalmente un acordeón. En fechas señaladas o cuando se hundía algún barco, se organizaban pequeñas celebraciones en las que toda la tripulación se vestía para la ocasión, se repartían exquisiteces como fruta fresca o chocolate y se permitían las bebidas alcohólicas.

Ataúdes de acero

Los tripulantes de un submarino estaban expuestos a una enorme tensión psicológica. Cuando un buque enemigo los encontraba, se sumergían a muchos metros para evitar ser alcanzados por las cargas de profundidad de aquel. El problema es que estos ataques podían durar días. Los marineros pasaban largas horas en silencio para no ser detectados por los sonares, atentos a su característico sonido y al ruido de las explosiones de las cargas, y muchas veces a oscuras por efecto de la onda expansiva.
Marineros aliados cargan morteros antisubmarinos. (Dominio público)
Algunos no lo soportaban. La tensión continuada, la falta de oxígeno y el miedo a ser hundidos y quedar atrapados en el buque les provocaba lo que llamaban Blechkoller, o “síndrome de la lata de conservas”, un tipo de neurosis caracterizada por violentos ataques de histeria. Al final de la guerra, el mito se resquebrajó y la realidad se impuso: los submarinos alemanes fueron, proporcionalmente, los que más bajas sufrieron de toda la Wehrmacht.

Tres de cada cuatro hombres que sirvieron en los aproximadamente novecientos U-Boote que se botaron durante la contienda no vieron el final de la guerra. A menudo morían de forma lenta. Cuando los submarinos se hundían, si la presión rompía el casco, los marinos morían ahogados. Si no, si la profundidad no era suficiente, permanecían atrapados en el buque hasta quedarse sin aire.

Este artículo se publicó en los números 610 y 611 de la revista Historia y Vida. ¿Tienes algo que aportar? Escríbenos a redaccionhyv@historiayvida.com.

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