17 octubre 2015

El Hundimiento del Lusitania: Una tragedia que cambió la historia


Hace un siglo, en 1915 -plena Primera Guerra Mundial-, el hundimiento del transatlántico británico Lusitania por parte de un submarino alemán pasó a la historia como uno de los factores que aceleraron la entrada de Estados Unidos en el conflicto. Esto fue así porque, si bien llevaba bandera inglesa, el buque había zarpado de Nueva York en ruta a Liverpool y entre sus pasajeros figuraban 189 estadounidenses, la mayoría de los cuales perecieron en el desastre. La inaudita atrocidad alemana indignó al mundo entero y sirvió para aumentar la presión sobre el entonces presidente Woodrow Wilson para que torciera el tradicional aislacionismo de su país y entrara en batalla del lado aliado.

Pero la tragedia de mayo de 1915 también despertó desde siempre algunas sospechas: ¿cuánto sabía Londres de la presencia de los submarinos alemanes en la ruta que atravesaría el Lusitania? ¿Y hasta qué punto esa información fue retenida para no impedir un hecho que de algún modo era deseado por el alto mando británico?
En Lusitania: el hundimiento que cambió el rumbo de la historia (Ariel, 512 páginas) el escritor estadounidense Erik Larson aborda esa y otras controversias, pero no se demora en ellas. Su intención primordial ha sido la de contar de la manera más detallada posible la infausta travesía (por lo demás, tan parecida a la del Titanic), desde los aprestos antes de la partida del muelle de Nueva York hasta el penoso trámite de identificar a las víctimas ahogadas en el mar del sur de Irlanda.
Aplicó para ello los métodos de narración histórica que tan bien se practican en el mundo anglosajón y por los que Larson ostenta una merecida fama. El resultado es un relato impecable aunque algo extenso, desprovisto de anacronismos y de opiniones extrapoladas, que cuenta de manera cronológica y día por día lo que ocurrió desde todos los puntos de vista según los testimonios que se han preservado, incluso los de Walther Schwieger, el capitán del U-20, el submarino que disparó el torpedo letal. Las fuentes básicas son cartas, diarios personales, cuadernos de bitácora, demandas judiciales a la naviera Cunard (la dueña del buque), memorias, textos periodísticos y la bibliografía pertinente que se publicó desde 1915.

VIAJE FASCINANTE
De ese modo Larson logra recrear con notable proximidad la experiencia fascinante de cruzar el Atlántico en el barco civil más veloz de su época (y uno de los más lujosos y potentes) mediante el hábil entrelazamiento de los recuerdos exhumados de pasajeros y tripulantes.
Pero al mismo tiempo, y tal como se hace en las mejores novelas de acción, dosifica el suspenso intercalando esa historia central con otras paralelas que al final habrán de converger en el desenlace por todos conocido: la claustrofóbica misión del U-20 y su cacería en pos de buques mercantes; el peculiar estado de ánimo de Wilson en Washington (estaba enamorándose tras el profundo duelo por la muerte de su esposa el año anterior), y la crucial actividad de la Habitación 40, la sección del espionaje naval británico encargada de descifrar los mensajes radiales secretos alemanes interceptados.
El texto de Larson no deja dudas de que la Habitación 40 -y por lo tanto, el Almirantazgo británico, que entonces encabezaba un Winston Churchill de 40 años- sabían de la misión del U-20 y de su presencia en las aguas que iba a surcar el Lusitania, donde en días previos había hundido a otros tres barcos. Si al final solo emitieron advertencias imprecisas al capitán William Turner que comandaba el transatlántico -que además llevaba un cargamento secreto de municiones de fusil y artillería- y se negaron a ofrecerle navíos de escolta, fue por dos motivos.
Primero, porque si hubieran sido más exactos corrían el riesgo de revelar a Berlín que sus códigos navales habían sido descifrados. Y segundo, y esto Larson lo plantea a modo de hipótesis ya que no existe prueba documental posible, porque en esa fecha era general en Londres el deseo de que algún hecho catastrófico retirara a Estados Unidos de su neutralidad y lo implicara de lleno en la carnicería europea.
Ese mismo año, recuerda Larson, Churchill había admitido esa intención en una carta al jefe de la Cámara de Comercio británica, Walter Runciman (el mismo que 18 años después firmaría el pacto Roca-Runciman con nuestro país), en la que decía que era "muy importante atraer buques neutrales a nuestras costas, con la esperanza especialmente de enemistar a Estados Unidos con Alemania". Y el mismo día del desastre, cuando faltaban apenas unas horas para que se consumara el drama, el propio rey Jorge V conversó de ese tema con el coronel Edward House, enviado extraoficial de Wilson a Londres, al que le preguntó: "¿Y si ellos (los alemanes) hunden el Lusitania con pasajeros americanos a bordo?".
La macabra pregunta encontró respuesta a las 14.10 del 7 de mayo de 1915, a 20 kilómetros al sur de la costa meridional irlandesa. Un solo torpedo del U-20 (y no dos como se informó desde un principio) bastó para hundir en apenas 18 minutos al navío de 240 metros de eslora y 44.000 toneladas de desplazamiento. De los 1959 pasajeros y tripulantes que transportaba, sólo sobrevivieron 764 (entre ellos, seis bebés sobre 37 embarcados). Unos 600 pasajeros nunca fueron hallados. Y Estados Unidos lloró a 123 de sus compatriotas, pérdidas que, como había vaticinado House en su diálogo profético con el rey inglés, desataron en su país una "llamarada de indignación" que "probablemente...nos conduciría a la guerra".
Larson apunta que si el vaticinio de House tardó otros dos años en cumplirse fue por la resistencia de Wilson a ceder al revanchismo ("No me atrevo a actuar de una manera injusta, ni puedo regodearme en mis sentimientos apasionados", le confió a su secretario) que lo habría llevado a dar el último paso hacia el estado de beligerancia con Alemania. Cuando al final se decidió a darlo, en abril 1917, otra vez su gobierno había quedado en medio de una operación clave de la inteligencia británica (el caso del denominado "telegrama de Zimmermann"). Pero esa es ya otra historia.

Jorge Martínez
LaPrensa.com.ar

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