18 septiembre 2020

Los submarinos y la batalla del Atlántico

Alemania fue la última potencia en incorporar submarinos a su armada, en 1906. Sin embargo, fue la primera en utilizarlos de manera primordial en la guerra en el mar. La razón de esta paradoja hay que buscarla al inicio de la Primera Guerra Mundial.

En 1914, la flota británica era la más poderosa del mundo. Sabedores de su superioridad, la Royal Navy impuso un severo bloqueo naval que afectó enormemente al comercio marítimo alemán. Para contrarrestarlo, la armada germana decidió atacar al transporte naval enemigo. Para ello emplearon un arma poco utilizada hasta ese momento: los submarinos.

Los U-Boote atacaban buques mercantes y de pasajeros británicos sin poner a salvo a los civiles antes de hundir el barco

A partir de 1915 comenzó lo que el káiser Guillermo II denominó “guerra total submarina”. Los U-Boote (en singular, U-boot,contracción de Unterseeboot, “barco submarino”) empezaron a atacar buques mercantes y de pasajeros británicos (entre ellos, el famoso Lusitania, que a punto estuvo de adelantar la entrada de EE. UU. en la guerra). Y lo hicieron sin respetar el “derecho de presa”, el protocolo que obligaba a poner a salvo a los civiles antes de hundir los barcos del enemigo. Este incumplimiento escandalizó a la opinión pública internacional, que lo consideró una estrategia cobarde y deshonesta.

A pesar de las tensiones diplomáticas que provocó, la táctica se siguió utilizando. Su efectividad resultó tan extraordinaria que las razones militares terminaron imponiéndose sobre las consideraciones morales.

Los U-Boote causaron estragos en la flota británica. En febrero de 1917 hundieron medio millón de toneladas de navíos. Dos meses después llegaron a la cifra récord –no superada durante la Segunda Guerra Mundial– de 881.000, según datos aportados por Santiago Mata en U-Boote. El arma submarina alemana en la Segunda Guerra Mundial (La Esfera de los Libros, 2015).

Los británicos, alarmados ante unos ataques que estaban interrumpiendo gravemente su suministro de alimentos, combustible y materias primas, reaccionaron con un cambio de estrategia. A partir de mediados de 1917, los barcos mercantes comenzaron a navegar agrupados en convoyes y protegidos por buques de guerra.

La táctica funcionó. Los U-Boote encontraron cada vez más dificultades para atacar a los mercantes sin ser detectadospor los escoltas. Al finalizar la guerra, la opinión generalizada era que el sistema de convoyes había conseguido neutralizar la eficacia de los submarinos como arma. Pero no todos pensaban lo mismo.

Las “manadas de lobos”

Hitler llamó al 18 de junio de 1935 “el día más feliz de mi vida”. En esa fecha se firmó el acuerdo naval entre el Reino Unido y Alemania por el cual se autorizaba a los alemanes a reconstruir una parte de su flota de guerra, algo que tenían prohibido por el Tratado de Versalles. 

Al frente de los U-Boote estaba el antiguo comandante de submarinos Karl Dönitz, un firme defensor de la vigencia del sumergible como arma de guerra. En su obra Die U-Bootwaffe(1939), Dönitz sostenía que, gracias a las mejoras técnicas (potencia, autonomía, comunicaciones) y a la utilización de nuevas tácticas de combate, los submarinos seguían siendo el arma ideal para realizar ataques sorpresa contra buques enemigos y para destruir su tráfico marítimo.

La más importante de esas tácticas era la Rudeltaktik, o “manada de lobos”. Consistía en acechar a los convoyes durante el día, esperar la llegada de refuerzos y atacar todos juntos, “en manada”, por la noche y en superficie.

El navío mercante inglés 'SS Maplewood' siendo torpedeado por el 'SM U-35' (7 de abril de 1917)

El navío mercante inglés SS Maplewood siendo torpedeado por el SM U-35 el 7 de abril de 1917.

 Dominio público

Dönitz no tuvo que esperar mucho para poner en práctica sus teorías. En 1938, Hitler dio luz verde al Plan Z, un ambicioso programa de construcción naval cuyo objetivo era crear una flota que pudiera enfrentarse en un futuro (calculaban que no antes de 1943) a la Royal Navy.

El comienzo de las hostilidades solo unos meses después obligó a la Kriegsmarine a cambiar de planes. Nuevamente, como en la Primera Guerra Mundial, los submarinos se convirtieron en la gran esperanza alemana para la batalla en el mar. El problema es que solo tenían veintisiete unidades operativas, cuando las pretensiones de Dönitz para logar la victoria eran de trescientas.

A esta inferioridad numérica inicial se unieron una serie de incidentes que mermaron la confianza de Hitler en los submarinos. El 3 septiembre, el U-30 hundió por error el transatlántico británico Athenia, matando a 112 pasajeros,entre ellos, 28 estadounidenses. El incidente desató una tormenta diplomática que hizo temer al gobierno alemán la entrada de Estados Unidos en la guerra. Diez días después, el U-39 fue hundido por un buque escolta británico. Un ataque que recordaba a lo ocurrido con los convoyes en la anterior guerra.

Marinos observan el hundimiento del SS Athenia a la distancia.

Marinos observan el hundimiento del SS Athenia a distancia.

 Dominio público

Héroes de leyenda

A pesar de esos reveses, los U-Boote no tardaron en demostrar su valía. Poco a poco empezaron a registrar éxitos. El más célebre fue el ataque del U-47 al “impenetrable” fondeadero británico de Scapa Flow, donde logró hundir el acorazado Royal Oak. Esta gesta fue explotada por el ministro de Propaganda Joseph Goebbels, alimentando la leyenda del potencial de guerra de los U-Boote y convirtiendo al protagonista de la hazaña, el comandante Günther Prien, en un héroe nacional. 

Había comenzado lo que los submarinistas alemanes llamaron “los tiempos felices”. Un período, hasta mediados de 1941, en el que los U-Boote sembraron el terror en el Atlántico, logrando hundir casi cuatro millones de toneladas de navíos enemigos. Estos éxitos se vieron favorecidos por la ocupación alemana de Noruega y Francia, que permitió a la Kriegsmarine construir bases en sus costas.

Churchill fue muy elocuente al respecto, y en su obra sobre la Segunda Guerra Mundial escribió: “La única cosa que realmente me asustó durante la guerra fue el peligro representado por los submarinos”.

Para defenderse de esos ataques, que estaban provocando una creciente escasez de suministros en Gran Bretaña, la Royal Navy tomó varias medidas. Por un lado, intentó variar todo lo posible las rutas de navegación de los convoyes para despistar al enemigo. Para ello fue clave el desciframiento del código Enigma. Aunque fue usado con cautela para no despertar sospechas, la interceptación de las transmisiones alemanas permitió a la inteligencia británica localizar las rutas por donde operaban los U-Boote y desviar sus buques por itinerarios alternativos.

Por otro lado, incrementó la protección de los convoyes utilizando buques de guerra y aviones como escoltas. Los avances tecnológicos facilitaron enormemente esta labor. El perfeccionamiento de instrumentos como el sonar y el radar permitió una mayor precisión en la detección de los submarinos y contribuyó a aumentar las posibilidades de hundirlos mediante el lanzamiento de cargas de profundidad.

El principio del fin

Aunque las mejoras en la defensa contra los submarinos contribuyeron significativamente a equilibrar las fuerzas en la batalla del Atlántico, el hecho que terminó inclinando la balanza a favor de los aliados fue la intervención estadounidense. Primero, a través de la ley de Préstamo y Arriendo (marzo de 1941), un programa impulsado por el presidente Roosevelt que permitió a Gran Bretaña beneficiarse de la capacidad industrial norteamericana y reponer las pérdidas de su flota naval. Después, entrando oficialmente en guerra en diciembre de 1941

Las defensas antisubmarinas americanas eran cada vez más sofisticadas, los desciframientos de Enigma más frecuentes

A pesar de un repunte en las cifras de hundimientos por los U-Boote en 1942, la mayoría producidos en la costa este de Estados Unidos a causa de una mala defensa inicial de la US Navy, las perspectivas de éxito alemanas en la guerra submarina eran escasas. La potencia naval angloamericana aumentaba mes a mes. Sus defensas antisubmarinas eran cada vez más sofisticadas, los desciframientos de Enigma más frecuentes, y su capacidad ofensiva, mayor. Como consecuencia, en 1943 apenas quedaba alguno de los grandes héroes de “los tiempos felices”.

Tom Wlaschiha (‘Juego de Tronos’) interpreta en ‘Das Boot: el submarino’ al oficial de la Gestapo Hagen Forster.

Tom Wlaschiha (‘Juego de Tronos’) interpreta en ‘Das Boot: el submarino’ al oficial de la Gestapo Hagen Forster.

 Cortesía AMC

Aun así, Dönitz, que había sido ascendido a jefe de la Kriegsmarine, siguió insistiendo. En mayo de 1943 envió un mensaje a sus comandantes que delataba la situación en la que se encontraba Alemania. Para anular las ventajas tecnológicas de los aliados, les pidió que utilizaran su “tenacidad, sabiduría y fuerza de voluntad”.

Esto se tradujo en un aumento de ataques casi suicidas, protagonizados por jóvenes oficiales nazis fanatizados, llenos de motivación, pero sin apenas experiencia. El objetivo era distraer a las fuerzas enemigas para retrasar lo máximo posible una invasión por mar. El miedo a los submarinos había sido un factor clave para que los aliados eligieran desembarcar en el norte de África en 1942, por lo que los alemanes querían seguir manteniendo esa percepción a toda costa.

Apenas lo lograron. Tras un desastroso mes de mayo de 1943, cuando los aliados hundieron una cuarta parte de los U-Boote que se encontraban operativos, Dönitz suspendió la ofensiva submarina en el Atlántico, dejando prácticamente vía libre a los aliados para desembarcar un año después en Francia. Como escribió en su diario, “la batalla estaba perdida”.

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