06 mayo 2026

K-278, el submarino soviético que naufragó en 1989 llevándose consigo dos reactores y torpedos nucleares

 Si te preguntas cuántos submarinos nucleares han sido hundidos en combate, debes saber que la respuesta es cero. Esto no implica que en el fondo del mar no se encuentren varios navíos de este tipo, algunos de estos en compañía del material radiactivo que les permitía funcionar por largos períodos de tiempo e incluso atemorizar a sus oponentes.

A lo largo del tiempo, nueve submarinos nucleares se han hundido. Cinco de la Armada de la URSS, dos de la Armada de Rusia y dos de la Armada de Estados Unidos. El protagonista de este artículo, el K-278 Komsomólets, surgió como un proyecto para perfeccionar el lanzamiento de misiles y acabó convirtiéndose en una tragedia marítima.

El submarino nuclear que yace en el fondo del mar de Barents

Hacia finales de la década de 1960, la Unión Soviética ya había construido varios submarinos nucleares y se preparaba para sentar las bases de la que sería la cuarta generación de estas herramientas estratégicas. La idea, según recoge el especialista en defensa H I Sutton, era que los navíos pudieran transportar y lanzar una combinación de misiles convencionales y nucleares.

Para responder a aquella necesidad, en 1966 se empezó a desarrollar un proyecto conocido como "685", que contemplaba la construcción de un primer submarino de tecnología avanzada en concepto de prototipo por parte de la compañía naval Sevmash. Así surgió el K-278 Komsomolets, cuya quilla fue colocada en 1978 y fue botado al mar en 1983.

Las características implementadas iban más allá de mejoras a nivel de armamento, sino que también estaban relacionadas con la versatilidad de ataque e inmersión. El casco estaba hecho de titanio 48T, una aleación más ligera que el acero, pero lo suficientemente resistente como para permitir inmersiones profundas en escenarios de combate.

Dn Sn 87 07042 Mike Class Submarine 1 Jan 1986K-278 Komsomolets

El K-278 había sido diseñado para operar a una profundidad de rutina de 800 metros, brindado la posibilidad de alcanzar los 1.000 metros en situaciones límite. La profundidad de colapso, es decir, cuando la presión sobre el casco está a punto de causar daños estructurales graves o una implosión, se había establecido en unos 1.500 metros.

A nivel de dimensiones, tenía una manga de 12,3 metros y una longitud de 110 metros. El sistema de propulsión estaba integrado por dos reactores de fisión nuclear OK-650 de agua a presión y combustible de uranio-235 enriquecido al 20-45 %. Era capaz de lanzar torpedos convencionales y torpedos con ojivas nucleares.

Sunken SubImágenes del K-278 capturadas por Instituto de Investigación Marina de Noruega en 2019

La Autoridad de Seguridad Nuclear y Radiación de Noruega (DSA) reseña que el 7 de abril de 1989, el K-278 navegaba en aguas internacionales frente a su país cuando sus tripulantes detectaron fluctuaciones en el sistema eléctrico de todo el navío. Los fallos eran producto de un incendio en un compartimento que comprometió el funcionamiento de los reactores.

Producto del mencionado problema, los mecanismos de control del submarino empezaron a tener un comportamiento errático. Pese a esta caótica situación, y con el humo del incendio expándanse en el interior, el navío consiguió alcanzar la superficie y muchos tripulantes fueron rescatados. De los 69 marineros, 27 sobrevivieron y 42 murieron.

Vlcsnap 2019 07 09 21h53m50s141El ROV Ægir 6000 analiza el K-278

El prodigio tecnológico que prometía inaugurar una nueva clase de submarinos se hundió en las profundidades del mar, llevándose consigo dos reactores con uranio enriquecido y dos torpedos con ojivas nucleares. Desde aquel entonces yace a más de 1.600 metros en las profundidades en el mar de Barents, en el borde el Océano Ártico, en Noruega.

Aquel episodio, no obstante, está lejos de quedar completamente en el olvido. Desde aquel entonces, Rusia y Noruega han estado monitorizando los niveles de radiación en la zona del accidente. En 2019, el Instituto de Investigación Marina de Noruega utilizó el ROV Ægir 6000 para estudiardetalladamente los restos del submarino de la era soviética.

Una serie de muestras tomadas ese mismo año revelaron que los niveles de radiación en algunas partes del navío eran 800.000 veces más altas de lo normal. Otras partes, señalaban, "no registraban valores tan elevados". Aunque las mencionadas cifras podían parecer alarmantes, la líder de la expedición, Hilde Elise Heldal, creía que no eran sinónimo de peligro.

Hay un submarino soviético hundido en Noruega desde hace 40 años. El problema es que acaban de descubrir que filtra radiación

 El 7 de abril de 1989, el submarino nuclear soviético K-278 Komsomolets se hundió en el Mar de Noruega tras un incendio descontrolado fruto probablemente de cortocircuito en los cuadros eléctricos del compartimento 7, que derivó en una deflagración masiva e incontrolable porque la atmósfera estaba críticamente enriquecida con oxígeno por fallos en el sistema de regeneración de aire. De las 69 personas a bordo, solo sobrevivieron 27. 

No era un submarino cualquiera: tenía un casco de doble titanio que le permitía descender a profundidades inalcanzables para sus rivales de la época. Su tecnología puntera escondía un núcleo peligroso: un reactor nuclear y dos ojivas de plutonio que desde entonces yacen en el fondo del mar, a 180 kilómetros al suroeste de la Isla del Oso, en el archipiélago de las Svalbard. Y según el estudio más completo realizado hasta la fecha, publicado hace unos días en la revista científica PNAS, el Komsomolets sigue siendo una fuente activa de contaminación radioactiva en el Ártico.

El hallazgo. En 2019 un equipo de investigación noruego bajó con el robot submarino Ægir 6000 para inspeccionar el submarino a fondo con tecnología puntera. Al aproximarse al tubo de ventilación se encontraron con una columna de agua visiblemente distorsionada, como si fuera humo, como puedes ver en el vídeo que hay inmediatamente después de este bloque. Es una fuga con un comportamiento intermitente. 

Tomaron muestras y los resultados fueron contundentes: concentraciones de Cesio-137 800.000 veces la radiación normal del agua marina de la zona y de Estroncio-90 400.000 veces. Ambos isótopos son productos directos de la fisión del reactor nuclear. El análisis evidencia que la radiación proviene del sistema de propulsión (el reactor nuclear) y que el combustible del reactor está en proceso de corrosión con el entorno.

Por qué es importante. La buena noticia es que esa fuga radiactiva no proviene de las ojivas nucleares: dos torpedos con cabezas atómicas. Por ahora, esa amenaza está bajo control: los soviéticos sellaron el compartimento de torpedos con placas de titanio a principios de los 90 y a juzgar por los análisis, el sellado sigue funcionando porque no han detectado plutonio armamentístico en el entorno marino.

La mala noticia es el reactor. No explota ni desaparece, sino que simplemente los cilindros de circonio que protegen el uranio y el plutonio se están corroyendo, filtrando estos isótopos al mar en una fuga lenta e invisible que se diluye en el océano. Afortunadamente, las muestras tomadas en zonas relativamente cercanas demuestran que la dilución es rápida, en tanto en cuanto devuelven valores cerca de la normalidad. De hecho, el casco está repleto de esponjas, corales y anémonas y sus muestras contienen trazas bajas de cesio-137, pero sin daños detectables.

Contexto. La radiactividad artificial en los océanos tiene tres fuentes principales según la Agencia Internacional de Energía Atómica: los ensayos nucleares atmosféricos de los años 60 y 70, el accidente de Chernóbil y los vertidos autorizados de las plantas de reprocesamiento de Sellafield y La Hague, en el Reino Unido y Francia respectivamente. Los submarinos nucleares hundidos, donde entraría el Komsomolets, tienen una contribución marginal. Su importancia es más cualitativa que cuantitativa: son fuentes puntuales, localizadas y que suelen empeorar con el tiempo. 

Tras el desastre de Chernóbil en 1986, la Unión Soviética se vio sometida a una gran presión internacional. Cuando el Komsomolets se hundió tres años después, Moscú organizó misiones de inspección con sumergibles MIR. Cuando confirmó que las ojivas habían estado en contacto con el agua del mar, actuó: en 1994, con la economía en caída libre y fondos occidentales de por medio, técnicos rusos sellaron las grietas del compartimento de los torpedos con placas de titanio. Desde 2007 Noruega asume la vigilancia periódica del pecio como parte de sus responsabilidades de seguridad nuclear en el Ártico.

Estado actual del riesgo. Por ahora las ojivas nucleares están contenidas, su sellado funciona y no hay señales de plutonio armamentístico en el agua. El reactor es el problema activo ahora: el combustible se corroe, las emisiones son reales y el equipo de investigación no comprende por qué son intermitentes ni cómo es la tasa.  Cualquier intento de recuperar o manipular físicamente el submarino sería probablemente más peligroso que dejarlo donde está en tanto en cuanto si los materiales radioactivos llegasen a la atmósfera, la contaminación podría llegar a la tierra con consecuencias peores a las actuales. .

Un laboratorio nuclear bajo el mar. El equipo de investigación tiene dos objetivos por delante: entender por qué la fuga es intermitente y si esa tasa de corrosión se está acelerando con el tiempo. De forma involuntaria, el Komsomolets es ahora un laboratorio natural para estudiar qué pasa con los reactores nucleares sumergidos a largo plazo. Una información que no es baladí, habida cuenta de la cantidad de artefactos nucleares que duermen en el lecho marino. 

Cómo EEUU robó un submarino nuclear soviético a 5.000 metros con una “garra gigante” sin que nadie se diera cuenta

 En la década de 1970, un gigantesco barco estadounidense navegaba lentamente por el Pacífico mientras varios buques soviéticos lo vigilaban a pocos metros, tomando fotos y escuchando cada conversación. En cubierta, los marineros hablaban en voz alta sobre rocas del fondo marino y recogían muestras para que todo pareciera rutinario, sin que nadie sospechara que, justo bajo sus pies, se estaba desarrollando una de las operaciones más insólitas de toda la Guerra Fría.

Un robo imposible. A finales de los años 60, en plena Guerra Fría, Estados Unidos localizó en secreto el submarino soviético K-129 hundido a más de 5.000 metros de profundidad en el Pacífico, una distancia que convertía cualquier intento de recuperación en algo prácticamente irrealizable. 

Aun así, el valor estratégico era enorme, ya que el sumergible transportaba misiles nucleares, códigos y tecnología clave que podían inclinar la balanza en un momento de paridad nuclear entre superpotencias. Con ese objetivo en mente, la CIA puso en marcha el Proyecto Azorian, una operación tan ambiciosa que durante años solo un reducido círculo dentro del Gobierno conocía su existencia.

Contexto. En realidad, la misión, que duró más o menos seis años, se había iniciado en 1968, momento en que el K-129 cargado de misiles balísticos desapareció sin explicación en algún punto del océano Pacífico. 

La situación no era del todo rara si pensamos que, en aquella época posterior a la Crisis de los Misiles de Cuba, tanto los submarinos estadounidenses como los soviéticos patrullaban alta mar con armas nucleares a bordo, preparados para una posible guerra. 

Model Of The Sunken And Deteriorated K 129 Submarine Was Created By The Cia During The Azorian Mission That Has Never Been Displayed Before At The Cia Museum In 2022Maqueta del submarino K-129 hundido y deteriorado

El hundimiento. Hay informes que indican que se debió a un fallo mecánico, como el encendido accidental del motor del misil, mientras que los soviéticos sospecharon durante un tiempo que los estadounidenses habían actuado de mala fe

Sea como fuere y tras dos meses, la Unión Soviética abandonó la búsqueda del K-129 y las armas nucleares que transportaba, pero Estados Unidos, que recientemente había utilizado tecnología de la Fuerza Aérea para localizar dos de sus propios submarinos hundidos, localizó el submarino a 2.400 kilómetros al noroeste de Hawái y a 5.030 metros de profundidad. Según la historia desclasificada del proyecto por la CIA décadas después, "ningún país del mundo había logrado recuperar un objeto de este tamaño y peso desde tal profundidad".

Painting Of Azorian Mission ApprovedSherman Wetmore, ingeniero jefe del Glomar Explorer, observa una pintura al óleo del barco reflotando el submarino soviético

El gran teatro de la mentira. Una vez que Washington dio con su ubicación y con el fin de ocultar el verdadero propósito, se diseñó una de las tapaderas más elaboradas de la historia: una supuesta misión de minería submarina liderada por el excéntrico millonario Howard Hughes, cuya reputación hacía creíble cualquier proyecto extravagante. 

¿Cómo? Se construyó el enorme Hughes Glomar Explorer, presentado al mundo como un buque capaz de extraer nódulos de manganeso del fondo marino, mientras en realidad ocultaba en su interior un sistema secreto diseñado para capturar el submarino. La operación fue tan convincente que incluso influyó en mercados y universidades, alimentando durante años la ilusión de una nueva industria minera que en realidad nunca fue el objetivo.

Cropped Color Edited Rc 214 Jpg 2Detalles del plano de construcción del Glomar Explorer (reproducción), de 1971. En la parte inferior central del barco, se pueden ver los planos de la denominada como "piscina lunar", a la que la garra podría introducir el submarino

La garra gigante. El corazón de la misión era, posiblemente, lo más peliculero de toda una historia ya de por sí increíble. Se trataba de un dispositivo oculto bajo el barco: una gigantesca “garra” mecánica capaz de descender kilómetros hasta el fondo oceánico, abrazar el casco del submarino y elevarlo mediante un complejo sistema de tuberías y cables. 

Todo el proceso debía ejecutarse fuera de la vista, utilizando una abertura interna del barco (el llamado “moon pool”) que permitía trabajar completamente oculto, incluso bajo la vigilancia constante de buques soviéticos que sospechaban, pero no podían probar nada. Qué duda cabe, la operación requería una precisión extrema, soportar tensiones colosales y mantener la posición del buque en mar abierto durante días, algo que en sí mismo ya suponía un desafío tecnológico sin precedentes.

Azorian Diagram

Todo (casi) listo. En el verano de 1974, tras años de preparación, la CIA logró llegar hasta el submarino y engancharlo con la garra, momento en que comenzó a elevarlo lentamente hacia la superficie, en una operación que duró días y mantuvo en tensión a toda la tripulación. 

Sin embargo, a mitad del ascenso, la estructura cedió y gran parte del K-129 volvió a caer al fondo del océano, dejando únicamente una sección recuperada. Aun así, se lograron rescatar restos del casco y los cuerpos de varios marineros soviéticos, los cuales fueron enterrados con honores en el mar, mientras el verdadero botín (los misiles y los códigos secretos) quedó envuelto en la incertidumbre y el más absoluto secretismo por parte de Estados Unidos, ya que muchos de los detalles hoy siguen clasificados.

“Ni confirmamos ni negamos”. El mayor giro de la historia llegó cuando la operación salió a la luz en 1975 tras filtraciones y robos de documentos vinculados a la tapadera empresarial, obligando al Gobierno estadounidense a enfrentarse a una situación diplomática de lo más delicada. 

Sin embargo, en lugar de admitir o desmentir el robo de un submarino soviético nuclear a más de 5.000 metros de profundidad, Washington adoptó una respuesta que pasaría a la historia: “ni confirmamos ni negamos”, una fórmula diseñada para evitar tensiones directas con Moscú y que desde entonces se convirtió en un estándar en materia de inteligencia. Ese silencio calculado encapsula la esencia de toda la operación: una misión gigantesca, casi imposible sobre el papel, visible para todos en apariencia, pero cuyo verdadero propósito y resultados siguen, en gran medida, ocultos para el gran público. 

El legado. Aunque el Proyecto Azorian no recuperó el submarino completo, dejó una huella profunda en la historia del espionaje y la ingeniería, entre otras cosas porque demostró que era posible operar en profundidades extremas y ejecutar misiones de una complejidad sin precedentes

Por supuesto, también evidenció hasta qué punto la Guerra Fría impulsó soluciones técnicas radicales y operaciones que rozaban lo inverosímil, en una carrera por obtener ventaja estratégica a cualquier precio entre ambos bandos. Décadas después, sigue siendo uno de los episodios más audaces jamás concebidos: el intento real de robar, en silencio y desde el fondo kilométrico del océano, los secretos nucleares de los soviéticos con una garra más cercana a la literatura fantástica.