25 febrero 2019

¿Necesita la Argentina de una flota de submarinos?

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Ha trascendido, por estos días, que el Ministerio de Defensa tiene planes para concluir las reparaciones de media vida del submarino ARA Santa Cruz y que se encontraban suspendidas por problemas presupuestarios. Entre sus aparentes fundamentos se encontraría la necesidad de reemplazar al desaparecido y gemelo del anterior, el ARA San Juan.
Una rápida cuenta nos dice que no hay tal reemplazo, ya que ambos submarinos, el San Juan y el Santa Cruz, ya existían como parte de nuestra flota de mar. Una, que cuenta como cualquier otra del mundo con lo que se denomina: “Arma submarina”. Pero antes de entrar en los detalles, vayamos por partes, como dijo Jack el Destripador.
El submarino para uso militar, como muchas otras armas modernas, fue utilizado por primera vez en el marco de la Guerra Civil norteamericana, a fines del siglo XIX. Pero fueron ambas guerras mundiales las que lo llevaron a la fama. 
Una fama que estuvo muy bien justificada, ya que su empleo estuvo a punto de lograr la victoria para Alemania que era el beligerante que había privilegiado su uso por sobre otros medios navales. 
Mediante su empleo, los alemanes –que no disponían de una gran flota de superficie– estuvieron a punto de cortar el abastecimiento por mar a las islas Británicas y que era la sede del poder político-militar que se les oponía. De ello, podemos deducir que la denominada arma submarina es una propia de las armadas pobres y no de las poderosas. Lo dicho no implica que un submarino moderno sea un sistema de armas barato. Ninguno lo es, por otra parte.
Pero más allá de los números, parece ser que pocas marinas han podido sustraerse al encanto de disponer de submarinos. Para no irnos muy lejos, la de Brasil dispone de seis y se encuentra en un plan para construir cuatro más (incluido uno a propulsión nuclear). La de Chile tiene cuatro y la del Perú, que es la pionera de esta arma en la región, alista seis. 
Nosotros que tenemos a la única Armada con experiencia moderna de guerra del subcontinente sudamericano, solo tenemos dos submarinos, uno de los cuales es el ya mencionado Santa Cruz que debe ser reparado. 
Antes de pasar al tipo de submarino que necesitamos es conveniente que nos pongamos de acuerdo respecto de las cantidades. Al respecto, hay que saber que si deseo tener dos submarinos patrullando, en realidad necesito disponer de seis en total, ya que habrá, normalmente, dos en reparación y dos con sus tripulaciones descansando. 
La extensión de nuestros mares, ya que son varios: el territorial, hasta las 12 millas, nuestra Zona Económica Exclusiva que llega hasta la milla 200 y el recientemente extendido mar Continental que llega a la milla 350, nos dan una superficie total de aproximadamente 4.799.000 km2. Vale decir, como se la ha denominado una verdadera “Pampa Azul” que se extiende a partir de nuestra costas, que abarca a nuestras Islas Malvinas, sus dependencias y que se proyecta hacia la Antártida. 
En pocas palabras, una superficie inmensa, rica en recursos y que es continuamente depredada por pesqueros que vienen desde la otra punta del mundo por lo que debe ser constantemente patrullada tanto por aire como por mar y que exige la disponibilidad de una flota de mar con sus correspondientes sistemas de armas, entre los cuales se encuentra, en forma ineludible, el arma submarina. 
Pasando al tipo de submarino que necesitamos, tenemos que explicar que hay dos grandes tipos: los convencionales y los nucleares. Estos últimos, a su vez, se dividen entre los que portan misiles intercontinentales con cabezas nucleares y los que los escoltan y los cuidan del ataque de otros submarinos, los submarinos de ataque.  
La gran ventaja que tienen los nucleares, por sobre los convencionales, es que su tiempo de permanencia sumergidos es mucho mayor, ya que los segundos tienen que salir cada tanto a ‘respirar’, aunque ese problema ha sido casi totalmente solucionado con los submarinos que disponen del sistema IAP (Air Independent Propulsión), vale decir de un sistema de propulsión autónomo del aire y que les permite un tiempo de inmersión mucho mayor.
Otro factor a tener en cuenta es la diferencia de precios. Un submarino nuclear de ataque ronda los US$ 2,5 mil millones, uno convencional unos US$ 450 millones y uno IAP unos US$ 630 millones. 
Pero luego de estas elucubraciones, bajemos a nuestra realidad, una triste por cierto, pero también una que puede mejorarse si tomamos las decisiones adecuadas.
Nos dicen que el submarino ARA Santa Cruz será reparado a medias. Vale decir que podrá navegar, pero no combatir, ¿por qué?, se preguntará el lector. Porque, en estos momentos nuestros astilleros navales –que son los mismos que repararon al San Juan– no cuentan con los medios (materiales y humanos) para hacer una reparación con el nivel de excelencia necesario.
Para estar a ese nivel sería necesario volver adquirir los equipos y la tecnología que se fue enajenando con los años o que fue quedando desactualizada. La Argentina no necesita construir desde 0 un astillero para submarinos. Ya lo tiene. Pero ha ido quedando desactualizado con el paso de los años y las faltas de inversiones. 
¿De cuánta plata estamos hablando?, volverá a interrogarse nuestro lector. En principio, estaríamos hablando de unos US$ 300 a 400 millones, lo que es menos de lo que nos costaría comprar uno convencional nuevo. Pero bien mirado, se trata de una cantidad módica que nos permitiría no solo terminar las reparaciones de media vida para que el Santa Cruz pueda operar con todas capacidades. Además, estaríamos en condiciones con ese equipamiento en funcionamiento de terminar al submarino Santa Fe que se encuentra en el mismo astillero, construido en un 70%. También, construir otros tantos hasta alcanzar el deseable número de seis. 
Finalmente, nuestro cansado lector se hará una última e importante pregunta. ¿Para qué queremos gastar ese dinero para reparar submarinos, cuando tenemos tantos otros problemas sin solucionar? A él le digo que, simplemente, porque es mucho más caro no tenerlos. Si tener FFAA es caro, no tenerlas o tenerlas mal nos puede resultar en la pérdida de nuestra libertad y de nuestro estilo de vida. Basta comprobar que vivimos en un mundo con cada vez más hambre y más sed, cuando nosotros tenemos agua y comida.

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