16 julio 2016

El submarino de las 46 almas

No es sólo en el fragor de la batalla donde se rinde a la Patria el supremo servicio y sacrificio: el de entregar la vida en sus aras. También cumpliendo el deber, afrontando los riesgos que la permanencia en los puestos de mando y tarea, muchas veces entraña, las fuerzas armadas de la nación se hacen acreedores a nuestro homenaje de devoción y respeto». Con estas expresivas y sentidas palabras prologaba el diario ABC en su edición del 29 de Junio de 1946 la crónica del terrible accidente que provocó que el submarino C-4 se fuera al fondo del mar, con toda su tripulación, en las cercanías del puerto mallorquín de Sóller. Una tripulación que era mayoritariamente de Cartagena donde el submarino tenía su base, razón por la cual se puede imaginar el lector el mazazo que supuso para la ciudad y para los familiares de las víctimas la difusión de la triste noticia. 
La tragedia sobrevino dos días antes en el marco de unos ejercicios que llevaban a cabo en aguas de Baleares la flotilla de submarinos y la segunda flotilla de destructores. Uno de estos destructores, el ´Lepanto´, en un momento determinado y por causas desconocidas abordó al submarino C-4, que se hallaba en inmersión. Fruto de la colisión éste último se hundió irremisiblemente en un punto en el que la profundidad llegaba a trescientos metros, motivo por el cual se descartó cualquier tipo de operación de rescate. Por su parte el ´Lepanto´ aún con averías graves pudo llegar al puerto de Sóller y no hubo que lamentar ninguna desgracia entre su tripulación. El destino quiso que algunos miembros de la tripulación del submarino salvaran la vida por encontrarse ausentes ese día por diferentes motivos, de todos ellos citaré al teniente de navío Enrique Rolandi que curiosamente había contraído matrimonio un par de meses antes del suceso.


El sumergible C-4 en la dársena de Cartagena antes de la tragedia en aguas baleares

El sumergible C-4 en la dársena de Cartagena antes de la tragedia en aguas balearesEl submarino C-4, construido en Cartagena y botado en 1929, tenía las siguientes características: desplazamiento en superficie de 924 toneladas, 1.280 en inmersión; en cuanto a las dimensiones la eslora era de 75 metros, la manga 6,30 y el calado de 4 metros. La potencia en superficie era de 2.000 HP y en inmersión 750 HP, llevaba un depósito de combustible de 14.200 litros y la máxima velocidad en superficie era de 16,5 nudos mientras que en inmersión se reducía a 15. El armamento del que iba provisto consistía en un cañón de 76 milímetros y seis tubos lanzatorpedos de 536 milímetros. 

La dotación estaba compuesta por un capitán de corbeta, dos tenientes de navío, dos alféreces de navío, un capitán maquinista, diez auxiliares del Cuerpo de submarinistas y treinta cabos y marineros. 

Precisamente en sufragio de las almas del comandante, oficiales, suboficiales y marinería de la dotación se celebró pocos días después del suceso un solemne funeral en una abarrotada iglesia de Santo Domingo. En el centro del templo se levantó un soberbio túmulo al que daban guardia una sección de marinería de la Base de Submarinos y otra sección de Infantería de Marina. El almirante Bastarreche por su parte visitó en sus domicilios a los familiares de los fallecidos para darles el pésame por tan sensible pérdida. Los familiares del submarino de las 46 almas siguen recordando setenta años después cada mes de junio a aquellos que no regresaron a su hogar, aquellos a los que el diario ABC en el prólogo que mencioné al principio de este Historias de Cartagena dedicaba esta merecida frase: «¡Honor a los que supieron honrar el uniforme que fue su mortaja en el fondo del mar!».
JUAN IGNACIO FERRÁNDEZ GARCÍA
laopiniondemurcia.es

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