11 abril 2015

misteriosos submarinos alemanes

En la historia de la navegación se han dado casos de naufragios sin una justificación razonable del hundimiento. La historia de buques fantasmas que vuelven después de años de estar desaparecidos siempre ha sido del interés de la opinión pública, atraída por el desasosiego ante lo desconocido y por la perspectiva de encontrar fenómenos paranormales en las causas de los hundimientos. En esta entrada vamos a comentar dos historias de submarinos alemanes de la Primera Guerra Mundial que quitaron el sueño a los navegantes.

      En los fondos marinos reposan buques de guerra, mercantes y  trasatlánticos, entre otros, como resultado de accidentes y conflictos. Cuando el navío naufragado permanece a una profundidad superior a los 50 m, ocurre que la localización e investigación del hundimiento resulta demasiado difícil. Es una profundidad extrema para los submarinistas. Sin embargo, el gran avance que ha experimentado la tecnología en las últimas décadas ha permitido penetrar en ese mundo silencioso y fantasmagórico hasta profundidades de vértigo. Una prueba de ello fue el descubrimiento por el Dr. Robert Ballard del transatlántico británico RMS Titanic (3.821 m) o del acorazado alemán Bismark (en la imagen), a 4.780 m de profundidadCuando se analiza un hundimiento ocurrido en extrañas circunstancias, suele ocurrir que en la mayoría de los casos hay una explicación lógica para todos los enigmas del suceso. Como ocurrió con el submarino alemán U-31 (Blood & Iron), en la Primera Guerra Mundial.


            Este submarino, de la clase U-Boat, zarpó de Wilhemshaven, ciudad del norte de Alemania situada en la parte occidental de la bahía de Jade, el 13 de enero de 1915 hacia el Canal de La Mancha, en medio de un fuerte temporal con un mar muy embravecido. La travesía fue terrible ya que el fuerte viento y las altas mareas lo acompañaron en todo momento a lo largo de su trayecto. Desapareció cuando realizó una de las inmersiones, para pasar la noche al final de un largo día. Seis meses después, pescadores británicos lo encontraron hundido cerca de Yarsmouth, en la costa inglesa de Norfolk. El descubrimiento fue inquietante, ya que el submarino reposaba en el fondo totalmente intacto. No se apreciaba ni grieta ni impacto alguno que pudiera explicar su hundimiento. Pero lo más sorprendente aún no había llegado, ya que días después el submarino emergió y empezó a navegar arrastrado por las corrientes hasta llegar a las costas inglesas, donde se pudo desentrañar su misterio.
         Parece ser que mientras estaba sumergido, en medio de la fuerte agitación del mar, el agua marina debió penetrar en el interior de los acumuladores eléctricos produciéndose una electrolisis del agua de mar (cloruro sódico, NaCl) y separando sus componentes químicos, cloro y sodio. El cloro es un gas halógeno muy tóxico que al expandirse por el cerrado habitáculo fue el invisible asesino que acabó con las vidas de los treinta y cinco agotados marineros. Este gas, poco a poco,  fue penetrando en los tanques de lastre del submarino, desplazando al agua que lo mantenía hundido en el fondo. El submarino al perder el peso del agua emergió a la superficie quedando a merced de las olas y las mareas. Por fin, sus tripulantes pudieron descansar en paz.

     Las explicaciones razonables que se pudieron aplicar a este caso no se encontraron en otros sucesos ocurridos, como el caso del también submarino alemán de la Primera Guerra Mundial “U-65”. En este navío ocurrieron muchos sucesos extraños, carentes de explicación razonable, que empezaron antes de abandonar los astilleros de Brujas (Bélgica) en donde se construyó. Una de las vigas destinada a la eslora de la cubierta se desprendió y mató a un obrero, que fue la primera víctima de una cadena extraña y misteriosa de fallecimientos. Fuera del astillero y durante las pruebas iniciales de navegación, tres tripulantes murieron asfixiados al llenarse de gases la sala de máquinas. Cuando se pretendía realizar la primera inmersión en un calmado mar, el capitán ordenó a uno de los marineros realizar una inspección rutinaria de la escotilla de popa; sin motivo alguno el marinero saltó por la borda siendo atrapado por el remolino de las hélices, que lo destrozó.

        Una vez iniciada  la inmersión, el capitán quiso estabilizar la nave a diez metros de profundidad y, extrañamente, la nave continuó descendiendo hasta chocar con el fondo del mar, quedando inmóvil. Tras doce horas de penurias y terror en las que la tripulación tenía que luchar contra las filtraciones de agua por las juntas y el escape de gases de la sala de máquinas, ya que se había superado la profundidad crítica,  tan extrañamente como se había hundido comenzó a moverse y ascendió a la superficie. Tras este suceso se llevó el buque a revisión a los astilleros y tras una investigación a fondo no se encontró nada que pudiera justificar lo ocurrido, por lo que fue declarado apto para el servicio. Se preparó una nueva salida, armándolo y  aprovisionándolo. En esta maniobra explotó uno de los torpedos, muriendo el segundo oficial y ocho marineros, por lo que fue remolcado al dique y reparado los daños, preparando una nueva salida. La noche antes de zarpar, los dos marineros de guardia desertaron, asegurando que habían visto al segundo oficial (en la imagen central), muerto en la explosión, de pie en la proa y con los brazos cruzados. Cuando zarpó, varios tripulantes, marineros y oficiales, aseguraron ver al oficial muerto, lo que hizo retornar el submarino a la base en medio de un fuerte ataque aéreo, con la tripulación deseando abandonar la nave. Al bajar, un resto de metralla mató al capitán.
  
       Todos estos sucesos motivaron que la cúpula de la marina imperial encargara a un sacerdote exorcizar la nave, para tranquilidad de la tripulación. Pero no funcionó, porque durante la misión un tripulante se suicidó, un artillero se volvió loco, y el primer maquinista sufrió un grave accidente. El 10 de julio de 1918 el submarino norteamericano L-2, adelantado a un convoy, divisó al submarino alemán UB-65 navegando a la deriva frente a las costas de Irlanda. Cuando el capitán se preparaba para atacarlo, vio por el periscopio una extraña figura que permanecía de pie en la proa de la nave con los brazos cruzados. A los pocos segundos, una enorme explosión destrozó al submarino mucho antes que el L-2 pudiera abrir fuego. A día de hoy no hay explicación razonable alguna de lo sucedido. Forma parte de ese grupo de sucesos misteriosos y enigmáticos de la historia marítima. Su hundimiento ha sido motivo de grandes debates ante la certeza de que nadie abrió fuego. Al no quedar superviviente alguno de la tragedia se cerró la disponibilidad de datos que pudieran conducir a una explicación razonable de lo ocurrido.
       Son sucesos que aún siguen despertando temores en la navegación. Y no sin razón, ¿no creen?.

http://valeriaardante.blogspot.com.es/2015/04/dos-misteriosos-submarinos-alemanes.html

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