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11 abril 2022

El C-4 en Menorca

 El 11 de diciembre de 1936 llegaba procedente de Cartagena el submarino "C-4" a bordo del cual viajaba el coronel de Artillería don José Brandaris de la Cuesta, a quien el ministro de la Guerra, or decreto del 14 de noviembre último, había nombrado comandante militar de Menorca, con cuyo cargo asumiría igualmente el de jefe de la Base Naval de Mahón.

Le acompañaban el comandante de la misma arma don Fernando Souza y su ayudante, capitán don Bartolomé Torres Hernández

Nacho Padró

Diario Menorca, 25 septiembre 2005

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08 enero 2021

El 26 de junio de 1946, 30 marinos quedaron sepultados en el mar de Soller en el C-4

 

El C-4, amarrado junto al submarino de Isaac Peral, en la base del Arsenal Militar.

En Sóller (Mallorca) se evoca estos días una tragedia histórica similar a la del submarino ruso. Un caso que quedó en los pliegues del olvido. El 26 de junio de 1946, 30 marinos quedaron sepultados en el mar, a trescientos metros de profundidad. Todos murieron. Su ataúd fue la caja negra y muerta del C 4, el submarino de guerra que tripulaban. Aquel drama naval  fue despachado con pocas líneas en las crónicas oficiales. No hay monumentos ni elegías.El C 4 fue abordado y hundido por un barcde la misma Armada Española, en unas maniobras rutinarias. La proa y toda la quilla del destructor Lepanto, arrasaron la torreta y la cubierta del sumergible, que emergió en un lugar e instante equivocados.

Nunca se intentó rescatar ni fotografiar el C 4. Misión imposible.

La tragedia ocurrió en el mar, y al instante, el mar quedó terso y azul, como si quisiera disimular el mal… ¡Qué hipócrita es el mar!» Con esos versos de Mario Alcorm publicados el 29 de junio de 1946  en el diario ‘El Noticiero’, se quiso justificar una de las mayores tragedias protagonizada por un navío de guerra español en tiempos de paz, aunque lógicamente el mar no fue culpable y si la negligencia humana.

El 27 de junio de 1946, cuando se estaban llevando a cabo en aguas del litoral mallorquín unas maniobras navales en las que intervenían los destructores ‘Alcalá Galiano’, ‘Churruca’ y el ‘Lepanto’, con la flotilla de submarinos compuesta por el C-2, C-4 y el ‘General Sanjurjo’, a unas trece millas de la bocana del puerto de Sóller, se desencadenó la tragedia.

A las 11.43 horas los submarinos avistaron el humo de los destructores y dieron comienzo las maniobras de ataque. El C-2 cumplió su objetivo sobre el ‘Alcalá Galiano’ y se disponía a regresar, cuando fue advertido por aquél de que el ‘Lepanto’ había abordado a un submarino; que tras la colisión había sufrido una avería. Inmediatamente, el destructor y el submarino C-2 se dirigieron al lugar señalado, comprobando cómo instantes antes el ‘Lepanto’ había abordado al submarino C-4, al emerger súbitamente a la superficie frente a la proa del destructor.

El impacto del casco del destructor y la cubierta del submarino fue brutal. La roda del ‘Lepanto’ arrancó de cuajo la torre del C-4. El submarino se fue al fondo y se posó sobre el lecho marino a unos trescientos metros de profundidad. En cuanto al ‘Lepanto’, la parte inferior de su proa fue rasgada por el cañón del sumergible nada más producirse la colisión, rajando su estructura. A pesar del daño producido en la proa, pudo llegar a la base naval de Sóller escoltado por el destructor ‘Churruca’.

«El C4 yace en la latitud 013 del Cap de Creus, a 13 millas de la boca del puerto de Sóller.  El C4 estaba al mando del comandante Reina Carvajal. «Un segundo oficial se salvó al quedar en el puerto, enfermo de anginas, y, también les tocó la fortuna a dos marineros que fueron arrestados por llegar tarde a la base», cuenta ahora Jaume Enseñat, industrial hotelero y activista cultural de la localidad.

Construido y con base en Cartagena

El submarino C-4, como todos los de su serie, fue fabricado por la Sociedad Española de Construcciones Navales de Cartagena. Desplazaba 924 toneladas y media en superficie y 1.142 en inmersión. Llevaba cuatro tubos lanzatorpedos a proa y dos a popa, así como un cañón antiaéreo de uno y medio. Su tripulación estaba compuesta por un capitán de corbeta, dos tenientes de navío, dos alféreces de navío, un capitán de máquinas, nueve suboficiales y cuarenta entre clase de tropa y marinería. El submarino C-4 fue uno de los dos sumergibles que quedaron operativos una vez finalizada la contienda civil, de los seis de la Clase C.

La noticia del hundimiento, llegó muy pronto a Cartagena; de aquí procedían muchos de sus oficiales y tripulantes, la sesión de los cines se interrumpió para dar la noticia de su desaparición y la conmoción fue enorme.

El capitán general del Departamento, el almirante Francisco Bastarreche, desde su despacho no dejó ni un solo momento de dar órdenes para conocer con todo detalle las informaciones del triste suceso, pasando seguidamente a comunicar la noticia a las familias de los desaparecidos.

El submarino C-4 se desvaneció sobre el fondo marino sin dejar supervivientes, aunque la censura de la época limitó la publicación de la tragedia a simples manifestaciones de pésame y funerales, la sociedad cartagenera quedó impresionada por lo ocurrido con este submarino, convertido en un ataúd de hierro.

La zona en donde se produjo la pérdida quedó señalizada por la Armada. Durante años, hasta 1987, cada 27 de junio salía del puerto de Sóller una embarcación militar con rumbo al lugar del naufragio para rezar un responso y lanzar flores en memoria de los 45 marinos desaparecidos, muchos de ellos cartageneros.

Sin explicación oficial 70 años después

Aún a día de hoy no hay una explicación clara de los motivos de la tragedia, cuesta trabajo creer que en unas maniobras navales un barco de guerra pueda chocar contra un submarino y lo parta por la mitad.

La versión oficial sobre el siniestro fue intencionadamente reducida a una simple nota, no trascendiendo ninguna investigación ni expediente oficial sobre el accidente. Las únicas manifestaciones realizadas por miembros de la Armada a título individual, apuntaban la posibilidad del error humano, por parte del comandante del C-4 que, tras mirar por el periscopio, debió creer erróneamente que los destructores navegaban de forma escalonada, pudiendo emerger entre ellos. Pero al hacerlo, lo hizo sobre la derrota del ‘Lepanto’.

Un naufragio súbito y unas muertes inmediatas que no dejaron restos flotantes ni cadáveres rescatados. Nunca se intentó reflotar ni fotografiar el C-4, un silencio sepulcral y en el recuerdo unos pocos versos:

«La tragedia ocurrió en el mar, y hoy la llora Cartagena, porque ella la ha sufrido en la carne de sus hijos, que es su carne».

AME ruega  una oración por estos 30 miembros de nuestra Armada fallecidos en Acto de Servicio hace 74 años.

11 noviembre 2018

El submarino que repartía el correo para el bando republicano

Captar dinero para el maltrecho tesoro republicano mediante carteros subacuáticos viajando a bordo de un submarino y usando para la correspondencia unos sellos especiales de gran valor filatélico. Esa fue la idea del Gobierno de la República y así la llevó a cabo. Hace 80 años un submarino de la Armada –gran parte de la flota quedó en manos de los leales a la Constitución– unió los puertos de Barcelona Maó
Promocionado a bombo y platillo desde hacía semanas –había que vender muchos sellos–, el submarino C-4 hizo el viaje inaugural de la línea, y a la postre único de aquel audaz servicio, el 12 de agosto de 1938 sobre las 20 horas. El sumergible, comandado por un oficial soviético, alcanzó puerto menorquín a las 13.00 horas del día siguiente. Tras despachar la carga postal y reavituallarse, partió de Maó el 17 de agosto a las 22 horas y llegó a Barcelona aproximadamente a la misma hora del día siguiente.

“El bando republicano mató a muchos jefes y oficiales de la Armada, incluidos los de submarinos. Tenían casi toda la flota, la totalidad de los submarinos, pero les faltaron jefes y oficiales”, explica Marcelino Rodríguez, capitán de navío retirado, filatélico e historiador. Eso explica que fuera un comandante soviético el que comandara el C-4.
El 21 de agosto de 1938, La Vanguardia decía en su página 13: “Con absoluta normalidad se ha realizado el primer viaje del correo submarino. Miles de cartas han sido transportadas por este nuevo medio de comunicación postal, llevando a todo el mundo una muestra más de la potencialidad de la República [...]”. 

La nave C-4, comandada por un oficial soviético, hizo finalmente un único viaje sin casi obstáculos


Pese a la presencia de alguna embarcación de la flota enemiga, el C-4tuvo un viaje de ida y vuelta bastante tranquilo. Tal como recuerda Rodríguez, los submarinos de esa época navegaban principalmente en superficie –a diferencia de ahora– y solo se sumergían en caso de amenaza. Pero los ataques, por ejemplo, se hacían emergidos. El sumergible del correo entre Barcelona y Maó navegó bajo el agua a la entrada del puerto menorquín por la presencia de unos patrulleros del bando de los generales rebeldes y “durante el viaje de regreso al encontrarse en alta mar con un avión italiano”, relata el historiador y filatélico.

El redactor de la noticia en La Vanguardia de 1938 no sabía todavía que tras el viaje inaugural no habría ningún otro más. Imbuido del ambiente propagandístico de la época, en el texto se adivina la necesidad que tenía el Gobierno de Juan Negrín de captar la atención y, sobre todo, cualquier ayuda material o económica de las potencias occidentales. Parte de las adquisiciones de los sellos, en los diferentes formatos que se vendieron, fueron pagados en francos franceses y en libras esterlinas, aunque parece que fue México el país que más sellos compró e hizo un mejor negocio.
El valor facial de los sobres conmemorativos y los sellos impresos era de 750.000 pesetas en 1938. A finales de ese mismo año, su precio ya se había elevado por encima de los ocho millones y se especula con que alcanzaron los 20 millones de pesetas. Hoy siguen teniendo gran interés para los aficionados. La serie dentada puede costar unos 800 euros, según los cálculos de Rodríguez, y una hoja bloque, con los seis sellos, sin dentar, puede alcanzar fácilmente los 5.000.
Relata este historiador amante de los sellos que, más allá del correo submarino y con el ánimo de aumentar las menguantes reservas, el Gobierno de la República “mandó muchas cartas a direcciones falsas. Se ponía el matasellos y se devolvía al propio Correos. Así, tenían muchas marcas”. “El viaje fue propagandístico. Había necesidad de darse a conocer. Se ganó mucho dinero con la venta de los sobres y los sellos. Además, así se dio apoyo moral a la población de Menorca, que estaba aislada”, afirma el capitán de navío Rodríguez. Se refiere al bloqueo que el bando sublevado sometió a Menorca, la única isla balear que seguía leal a la República.

La dotación del C-4 era sobre el papel para 40 efectivos. Pero en aquel viaje del servicio postal submarino navegaron a bordo, además del personal propio del sumergible, periodistas y personal de Correos. Se calcula que se transportaron a bordo entre 500 y 600 efectos filatélicos, que incluían sobres dirigidos a personalidades de la isla, como comerciantes o escritores, pero también se llevaban las llamadas “postales máximas”, que son aquellas cuya imagen es la efigie del sello. “Todo iba firmado. Alguno de los sobres llegaba a tener medio metro de tamaño. Los dirigidos a las autoridades eran de 18 por 23 centímetros”, relata el capitán de navío retirado con precisión.
El submarino que repartía el correo para el bando republicano
En superficie. El submarino C-4, responsable del servicio postal entre Barcelona y Maó, en una foto de finales de los años veinte en Cartagena (La Vanguardia)
El submarino C-4 y toda su dotación no repitió el servicio postal, pero sí hizo un último viaje a las Islas Baleares. En 1946, fue protagonista de una tragedia. Participaba en unas maniobras navales. Al emerger, se topó con el destructor Lepanto y ello provocó el inmediato hundimiento del submarino. Nada pudo hacerse. Los restos del C-4reposan en el fondo de las costas de Sóller, en Mallorca.
Enrique Figueredo para La Vanguardia

16 julio 2016

El submarino de las 46 almas

No es sólo en el fragor de la batalla donde se rinde a la Patria el supremo servicio y sacrificio: el de entregar la vida en sus aras. También cumpliendo el deber, afrontando los riesgos que la permanencia en los puestos de mando y tarea, muchas veces entraña, las fuerzas armadas de la nación se hacen acreedores a nuestro homenaje de devoción y respeto». Con estas expresivas y sentidas palabras prologaba el diario ABC en su edición del 29 de Junio de 1946 la crónica del terrible accidente que provocó que el submarino C-4 se fuera al fondo del mar, con toda su tripulación, en las cercanías del puerto mallorquín de Sóller. Una tripulación que era mayoritariamente de Cartagena donde el submarino tenía su base, razón por la cual se puede imaginar el lector el mazazo que supuso para la ciudad y para los familiares de las víctimas la difusión de la triste noticia. 
La tragedia sobrevino dos días antes en el marco de unos ejercicios que llevaban a cabo en aguas de Baleares la flotilla de submarinos y la segunda flotilla de destructores. Uno de estos destructores, el ´Lepanto´, en un momento determinado y por causas desconocidas abordó al submarino C-4, que se hallaba en inmersión. Fruto de la colisión éste último se hundió irremisiblemente en un punto en el que la profundidad llegaba a trescientos metros, motivo por el cual se descartó cualquier tipo de operación de rescate. Por su parte el ´Lepanto´ aún con averías graves pudo llegar al puerto de Sóller y no hubo que lamentar ninguna desgracia entre su tripulación. El destino quiso que algunos miembros de la tripulación del submarino salvaran la vida por encontrarse ausentes ese día por diferentes motivos, de todos ellos citaré al teniente de navío Enrique Rolandi que curiosamente había contraído matrimonio un par de meses antes del suceso.


El sumergible C-4 en la dársena de Cartagena antes de la tragedia en aguas baleares

El sumergible C-4 en la dársena de Cartagena antes de la tragedia en aguas balearesEl submarino C-4, construido en Cartagena y botado en 1929, tenía las siguientes características: desplazamiento en superficie de 924 toneladas, 1.280 en inmersión; en cuanto a las dimensiones la eslora era de 75 metros, la manga 6,30 y el calado de 4 metros. La potencia en superficie era de 2.000 HP y en inmersión 750 HP, llevaba un depósito de combustible de 14.200 litros y la máxima velocidad en superficie era de 16,5 nudos mientras que en inmersión se reducía a 15. El armamento del que iba provisto consistía en un cañón de 76 milímetros y seis tubos lanzatorpedos de 536 milímetros. 

La dotación estaba compuesta por un capitán de corbeta, dos tenientes de navío, dos alféreces de navío, un capitán maquinista, diez auxiliares del Cuerpo de submarinistas y treinta cabos y marineros. 

Precisamente en sufragio de las almas del comandante, oficiales, suboficiales y marinería de la dotación se celebró pocos días después del suceso un solemne funeral en una abarrotada iglesia de Santo Domingo. En el centro del templo se levantó un soberbio túmulo al que daban guardia una sección de marinería de la Base de Submarinos y otra sección de Infantería de Marina. El almirante Bastarreche por su parte visitó en sus domicilios a los familiares de los fallecidos para darles el pésame por tan sensible pérdida. Los familiares del submarino de las 46 almas siguen recordando setenta años después cada mes de junio a aquellos que no regresaron a su hogar, aquellos a los que el diario ABC en el prólogo que mencioné al principio de este Historias de Cartagena dedicaba esta merecida frase: «¡Honor a los que supieron honrar el uniforme que fue su mortaja en el fondo del mar!».
JUAN IGNACIO FERRÁNDEZ GARCÍA
laopiniondemurcia.es