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11 noviembre 2017

Monturiol y el barco-pez

¿Qué nos falta para lanzarnos a esta gloriosa conquista? ¿Acaso capitales? Los tenemos sobrados. ¿Inteligencias tal vez? Personas inteligentes no pueden faltar en nuestra España, cuyo desarrollo científico e industrial va tomando tantas creces, que en los últimos treinta años presenta un adelantamiento tan portentoso, para cuya consecución los demás países han necesitado más de un siglo. Nuestros maquinistas, industriales y constructores de toda clase, que se han formado en las escuelas públicas, y fuera de ellas, y sobre todo nuestro cuerpo de ingenieros, se encuentran a la misma altura de los ingenieros de los países más adelantados. Ni a unos ni a otros les falta voluntad y pasión para asombrarnos con sus obras.
Memoria sobre la navegación submarina, Narciso Monturiol, Barcelona, 1860.
Utopía y optimismo
imgComo puede leerse en el pequeño fragmento que he seleccionado de la memoria sobre navegación submarina publicada mediado el siglo XIX por Narciso Monturiol, no cabe duda de que se trataba de un hombre resuelto, soñador y, sobre todo optimista. Muchos otros no compartían la positiva visión de una España creciente en su camino hacia la industrialización pero, aunque las cosas se torcieran una y mil veces, para el genio catalán el futuro siempre aparecía dando forma a un mundo mejor, donde la tecnología resolvería gran cantidad de problemas. Y no le faltó razón, en cierto modo. Cómo hubiera disfrutado el bueno de Narciso de haber podido conocer las maravillas de la tecnología submarina del siglo XX, y aun más de nuestra centuria recién nacida. La vida de Monturiol es bastante conocida, en su época su figura, y sus ideas, lograron gran predicamento, aunque poco caso consiguió de las autoridades a quienes tanto acudía buscando lo necesario para dar vida a sus sueños submarinos. Luego, su historia se olvidó, aunque en los últimos años ha vuelto a la luz gracias a diversas publicaciones sobre esta insigne figura de la tecnología española. No se puede negar que las aventuras de este catalán, nacido en Figueras en 1819, hubieran sido mucho más apasionantes de haber conseguido financiación y apoyo del gobierno, quien sabe, puede que la historia del siglo XIX hubiera cambiado radicalmente. Por ejemplo, ¿qué hubiera sucedido si la Armada hubiera tenido en su poder una flota de submarinos de combate en 1898? Bien, olvidemos las fantasías ucrónicas que a nada nos conducen y centrémonos en glosar, aunque sea únicamente rascando su superficie, la vida de Monturiol.
Narciso fue bastante rebelde desde muy joven, su idealismo siempre desbordaba las expectativas de sus allegados, quienes seguramente pensaban que al chaval habría que domarlo para que pusiera los pies en la tierra. No lo lograron, para fortuna del devenir histórico, pero también para desgracia del propio Monturiol, al que no acompañó la fortuna todo lo que hubiera sido deseable. Sus padres le enviaron a estudiar a Cervera y, más tarde, completó su formación en Leyes en Barcelona, aunque nunca ejerció la carrera en la que se había formado. Nada de eso, en su camino se cruzaron las más avanzadas ideas utópicas de Europa, tan fantásticas como su propio espíritu, condenadas al fracaso al poco de ser puestas en prácticas, pero igualmente atractivas. Antes de cumplir treinta años dedicó sus esfuerzos a la política y al estudio de las ciencias naturales e, influenciado por el ideario del utópico Cabet, soñó con un mundo libre para todos, sin dinero, donde la tecnología y la bondad fueran los alimentos de la nueva humanidad. A punto estuvo de partir hacia los Estados Unidos, para participar en un experimento comunitario basado en aquella utopía, pero finalmente optó por luchar por sus ideas en su propia patria. Su relación con el Partido Republicano, su pasión por el socialismo utópico y el verse en el medio de los sucesos de 1848, fueron ingredientes suficientes como para verse huyendo hacia el exilio en Francia. Con osadía, fundó en Barcelona su propio periódico, basado en su ideario. No es que tuviera una gran audiencia, pocos soñadores como él pudo encontrar, pero eso no fue suficiente como para que, llegados a los oídos del poder ciertos artículos que aparecieron en uno de sus periódicos, El Padre de Familia, se convirtieran al instante en motivo más que suficiente para su persecución. En Francia aprendió el oficio de cajista, lo que le fue de utilidad a la hora de su pronto regreso a Cataluña, concretamente a Cadaqués, donde fundó una imprenta. 
Cuentan las crónicas, aunque esto hay que tomarlo con cierta prevención, que fue en esa localidad de la costa catalana donde a Monturiol se le iluminó la mente con la idea de construir una nave submarina. Tal chispazo inventivo había azotado la imaginación de muchos otros anteriormente, y en algunos de ellos la simple idea terminó convertida en nave capaz de surcar las aguas bajo su superficie. Eso lo conocía Narciso, por supuesto, pero él quiso ir más allá, deseaba un océano conquistado por el poder de las naves sumergibles. En Cadaqués se asombró ante el sufrimiento y los peligros a los que los pescadores de coral locales estaban sometidos. Para librar de tan pesadas cargas a los trabajadores del mar, Monturiol se conjuró a sí mismo para diseñar la más perfecta nave submarina posible, capaz de ser empleada en cualquier labor que necesitara de la navegación bajo las aguas.
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El barco-pez en acción
En un caso común, se convendrá en que todo hubiera quedado ahí, una idea romántica pero nada más, sobre todo frenada por la falta de preparación técnica del sujeto. Más, el polifacético soñador no era de los que se rinden con facilidad. Observó, estudió y, con el tiempo, logró una formación autodidacta de primer orden en el campo de la ingeniería. Naturalmente, graves lagunas le acuciaban, pero fue capaz de sortear sus deficiencias formativas con sobresaliente ingenio. Así, alejado de turbulencias políticas, se centró en dar forma a su idea. En 1856 comenzó a trabajar serio en su sueño, pidió ayuda a sus amigos y familiares, además de incluso a sus adversarios políticos, les planteó su proyecto, por encima de cualquier clase de lucha política y debió ser muy perspicaz y efectivo, porque logró reunir la nada despreciable cantidad de 20.000 duros. Con ese capital nació el Ictíneo, el barco-pez, botado en la Barceloneta en 1859.
La nave era singular, aunque problemática, pues su control y propulsión dependía de la fuerza de los hombres a bordo. Casco de madera, siete metros de eslora y dos y medio de manga, el barco que imitaba a los peces sumergiéndose ante la sorprendida mirada de los curiosos funcionó sin problemas, a pesar de ser bastante tosco. En ese momento se lanzó Monturiol a realizar toda una campaña publicitaria, encaminada a lograr los fondos necesarios para crear un modelo perfeccionado que superara las limitaciones del primitivo intento. Para lograr su objetivo Narciso atacó por diversos frentes. El de la prensa lo ganó pronto, los periódicos se pusieron a sus pies. Había pues que luchar en otro lugar muy diferente, los despachos de ministros y burócratas. No tuvo más remedio que abandonar sus ideales primigenios, habría una versión “civil”, diseñada para navegar con pasajeros, pescar y, cómo no, para la captura de corales pero, cómo no, diseñaría para el gobierno un modelo militar dotado con un potente cañón. Esperó, de esa forma, convencer a las autoridades para que le fueran concedidos los fondos necesarios en el desarrollo de su nueva nave.
Tras más de cincuenta inmersiones con éxito realizadas hasta 1862, llegó la hora del juicio por parte de ministros y responsables de marina. La nave se sumergió en aguas del puerto de Alicante, todo funcionó a la perfección y el júbilo estalló entre los presentes, el futuro de las naves submarinas españolas estaba asegurado, el Gobierno mostró un apoyo incondicional. Claro que, del dicho al hecho va un gran trecho, y en este caso el recorrido fue infinito, pues nunca se llegó a un acuerdo de financiación adecuado. De despacho en despacho, multitud de papeles ahogaron a Monturiol quien, completamente desengañado, decide apostar por la financiación privada pues poco o nada podía esperar de los burócratas. Con la gran popularidad lograda pensó Narciso en dar forma a una empresa capaz de construir y comercializar su nueva nave, el Ictíneo II. Reunidos los 350.000 duros necesarios para tal empeño, vio la luz en 1866 el segundo barco-pez.
Una maravilla, sin duda, porque aunque seguía siendo tosco y poco maniobrable, el Ictíneo II logró contener adelantos que únicamente fueron superados bien entrado el siglo XX. La propulsión “manual” fue pronto substituida por una caldera y motor de vapor alimentada por la reacción exotérmica creada en el seno de un reactor capaz de generar oxígeno. He ahí la gran novedad, una verdadera genialidad, la capacidad para permanecer sumergido durante horas gracias al reciclaje del oxígeno de la atmósfera interior de la nave. En el barco-pez de diecisiete metros de eslora y tres de manga, la tripulación podía sumergirse a treinta metros de profundidad y respirar oxígeno generado por la reacción del clorato potásico con un catalizador, siendo capturado el dióxido de carbono gracias a un reactor que, por medio de una solución alcalina, convertía el gas en carbonato cálcico. Tal adelanto tenía un problema, permitía respirar pero generaba tal cantidad de calor que se hacía difícil tripular la nave.
El triste final del sueño
El Ictíneo II logró sumergirse con éxito en muchas ocasiones, incluso puso a prueba su cañón, con la esperanza de interesar de nuevo al Gobierno. Nada de eso sucedió, el capital se agotó hacia 1867, las deudas ahogaron a Monturiol, nadie acudió en auxilio de su invento y quebró la empresa. Las naves, máquinas y todo lo que perteneciera a la Sociedad fue convertido en chatarra y Narciso cayó en el más profundo de los abatimientos. Abandonó pues su sueño submarino y se decidió a recorrer caminos más mundanos. En 1873 es nombrado director de la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre de Madrid, donde deja muestra de su ingenio con diversas mejoras técnicas en sus máquinas y procedimientos. Ese mismo llega a ser diputado en las Cortes, pero su ímpetu juvenil, sus sueños, han sido destruidos.
Como en tantas ocasiones, el destino guarda siniestros giros. Tras fallecer casi olvidado en 1885, el paso de los años vio cómo calles y edificios públicos eran nombrados en recuerdo del genial inventor. De nada le sirvió a él y a sus hijos submarinos, nadie siguió su estela, si acaso Isaac Peral, cuya historia guarda ciertos elementos paralelos. La flota submarina soñada por Monturiol llegó a buen puerto, pero en otros lugares y tiempos. En 1917 España compró a Italia una nave submarina, a la que se dio por nombre “Narciso Monturiol”. Casi parece una burla, pues con tal gesto se demostraba que la oportunidad abierta a mediados del siglo XIX, nunca fue aprovechada.
Más, siempre nos quedarán las palabras proféticas de alguien que supo ver que el futuro, si bien no sería tan perfecto como en sus sueños y en los de sus amigos amantes de las utopías decimonónicas, sí supo dar cuenta del espíritu inquieto de la humanidad:
Probemos que no somos extraños al movimiento de nuestra época: que si ésta derrama la luz, nosotros sabremos aprovecharla para descubrir nuevos mundos. (…) Los polos de la tierra, el fondo de los mares, las elevadas regiones atmosféricas, he aquí tres grandes conquistas reservadas a un porvenir bastante próximo. (…) Trabajar para que se aproxime la época de esas tres conquistas, he aquí la tarea que me he impuesto.
Fragmentos de varios manifiestos de Monturiol, aparecidos en la edición del 7 de diciembre de 1929 de Alrededor del Mundo.

02 febrero 2013

El Ensayo de Monturiol


El Ensayo sobre el arte de navegar por debajo del agua es más que un simple tratado del diseño de un submarino, ya que en el se tratan los problemas directamente asociados a su construcción desde la perspectiva de las ciencias, incluyéndose estudios de botánica, química, hidráulica o oceanográfica para intentar resolver las dudas y problemas que van surgiendo. Por ello, desde su publicación en 1891, gracias a la suscripción popular, servirá de guia para otros constructores. Hay que recordar que el enseyo se finalizó en 1870 y que aún siendo su mayor deseo, nunca pudo verlo publicado.
Es el libro que Narcis Monturiol dedicó a la invención de su Ictíneo, un artefacto que inventó para navegar debajo del agua. El autor se había visto sobrecogido al contemplar el sufrimiento de los buzos en la captura de coral cuando se encontraba en la playa de Rosas. Por ello, dedicó parte de su vida a la invención de un artefacto que pudiera usarse como medio de navegación bajo el mar. Tenía Monturiol sobrado conocimiento del valor y alcances de su invento, pero publicar este ensayo le resultó casi una tarea más ardua que la de hacer comprender el verdadero valor del Ictíneo; tanto que tuvieron que pasar casi veinte años para que se publicara esta obra.
En sus últimos años cayó en una profunda crisis. Su única ilusión por entonces fue recoger toda su experiencia en su Ensayo sobre el arte de navegar por debajo del agua, que ni siquiera pudo ver publicado en vida por falta de apoyos 3 . Murió el 6 de septiembre de 1885, siendo enterrado humildemente en presencia de la familia y de algunos amigos íntimos. Triste fin para un hombre cuya vida tuvo un carácter casi épico, tanto que algunos lo han comparado con el famoso personaje del capitán Nemo creado por Julio Verne . La desatención hacia los trabajos de Monturiol ha subsistido hasta el presente; rara es la historia del submarino que lo menciona. Esperemos que este libro, cuya versión original es en inglés, venga a subsanar esta ausencia. Por otra parte, la obra de Stewart contiene más que su biografía o la descripción de sus trabajos. En el fondo, Monturiol actúa de hilo conductor de una compleja historia en que se entretejen amigos o compañeros de ideales, reunidos en una unidad utópica cuyo resultado serían los Ictíneos. Todo ello sobre el trasfondo de una ciudad, Barcelona, cuya personalidad sabe muy bien desvelar el autor. Quizás en exceso, pues cobra protagonismo a expensas de ese otro contexto nacional, lo que puede dar la injusta impresión al lector de que todos los males provenían del poder central. Un enfoque nada nuevo en la actual época de nacionalismos. Algunas otras cosas, pocas, podrían mejorarse o corregirse. Por ejemplo, las figuras del Ictíneo II podrían haber sido reproducidas a mayor tamaño, para poder apreciar mejor sus detalles; Ildefons Cerdá fue ingeniero de caminos, no ingeniero civil, una titulación que no ha existido en España; y algún nombre de político está incompleto. De todos modos, es un libro fascinante que sabe sumergirnos –valga la expresión en Monturiol y en su mundo. Merece la pena leerse.



Nacho Padró

13 diciembre 2012

Monturiol rides again

Narcís Monturiol i el seus submergibles són fonts inesgotables de notícies al Museu Marítim de Barcelona, on podeu trobar tant documentació original com recursos de tot tipus ja esmentats en un article en el seu del mes de desembre del 2009.
La notícia ara és la restauració de tres plànols originals de gran format de l'Ictíneo de Monturiol conservats al Museu. La intervenció ha estat realitzada per Clara Bosch Rivas i Laura Feliz Oliver i supervisada per Cristina Latorre, restauradora de l'MMB especialitzada en la conservació preventiva de paper. (Narcís Monturiol y sus sumergibles son fuente inagotable de noticias en el Museo Marítimo de Barcelona, ​​donde podrá encontrar tanto documentación original como recursos de todo tipo ya mencionados en un artículo de su blog el mes de diciembre de 2009.La noticia ahora es la restauración de tres planos originales de gran formato del Ictíneo de Monturiol conservados en el Museo. La intervención ha sido realizada por Clara Bosch Rivas y Laura Feliz Oliver y supervisada por Cristina Latorre, restauradora del MMB especializada en la conservación preventiva de papel.)
Ictineo Restauració
Neteja humida
Ha estat una operació delicada  que permet la preservació física dels plànols, així com la possibilitat que siguin consultats pels investigadors. Tota la informació sobre el procés ha estat publicada en un article de la revista Unicum  de l'Escola Superior de Conservació i Restauració de Béns Culturals de Catalunya us el recomanem.
Dos membres de l'Associació d'Amics del Museu Marítim estan treballant sobre un altre peça de la col·lecció del Museu. Estudien un model original de Ictíneo I per tal d'aixecar plànols que permetin -entre d'altres recerques- construir una rèplica de grans dimensions. (Ha sido una operación delicada que permite la preservación física de los planos, así como la posibilidad de que sean consultados por los investigadores. Toda la información sobre el proceso ha sido publicada en un artículo de la revista Unicum de la Escuela Superior de Conservación y Restauración de Bienes Culturales de Cataluña os lo recomendamos.Dos miembros de la Asociación de Amigos del Museo Marítimo están trabajando sobre otro pieza de la colección del Museo. Estudian un modelo original de Ictíneo I para levantar planos que permitan-entre otras investigaciones-construir una réplica de grandes dimensiones)

Ictineo
Prenent mides
Museu Maritim de Barcelona

20 agosto 2010

Notas sobre el ICTINEO II de Narcis Monturiol (1864)


El Ictineo II sustituyó a su hermano menor, con 17 metros de eslora, 3 metros de manga y 29 metros cúbicos de capacidad en el casco de presión en lugar de los 7 del primer modelo. Fue botado también en el puerto de Barcelona, el 2 de octubre de 1864.
Para construir este Ictineo II, Monturiol contó con la colaboración de Joan Monjo i Pons, un técnico en construcción naval y un profesional eficiente. Además de ser de mayor tamaño que el primero, tenia introducidas algunas innovaciones y perfeccionamientos, gracias a la experiencia acumulada con el anterior.
Poseía una estanqueidad total gracias a los dos cascos.
Aunque utilizaba también la energía humana para impulsar la nave, Monturiol se percató muy pronto que había de encontrar y aplicar otros sistemas. Como se puede apreciar, el Ictíneo II tenía unas dimensiones mayores, pensando en su utilización como buque industrial y de exploración-recogida de coral. En las primeras pruebas se presentaron problemas de estanquiedad, lo cual determinó que la profundidad máxima sería de 30 m. Lo más grave, sin embargo, era la lentitud de movimientos, tanto en superficie como, sobre todo, sumergido. La fuerza motriz también era humana: mientras que el primer Ictíneo era movido por hasta cinco personas, ahora se había pensado en 16, pero no se consiguió más velocidad. Esta importante limitación llevó a tomar una decisión muy difícil: sustituir el motor humano por un motor mecánico. Monturiol descartó el motor de gas y el de petróleo y se decidió por una máquina de vapor, probablemente porque era la más fiable mecánicamente y porque encontró un combustible -una mezcla de metales- que producía calor y no liberaba gases tóxicos, sino oxígeno. Todo indica que la investigación de laboratorio sobre combustibles y sobre respirabilidad de la cámara ictínea fue realizada con la colaboración de otro profesor de la Escuela de ingeniería industrial, Damàs Calvet, en su laboratorio privado de Sant Martí de Provençals, en Barcelona.


Con la colaboración de Josep Pascual i Deop, ingeniero industrial que llegaría a ser su yerno, instaló a bordo una caldera y una máquina motriz de 6 CV de potencia, accionada por el vapor que producía la caldera. Sin embargo, como esta solución era sólo válida para la navegación en superficie, pensó en una reacción química exotérmica que produjera el calor suficiente para vaporizar el agua de la caldera cuando el Ictineo II navegara por debajo del agua. Esta reacción se producía al mezclar clorato potásico (KClO3) y limaduras de zinc (Zn) en presencia de dióxido de manganeso (MnO2). Hay que decir que, en este caso, se utilizaba una máquina motriz más pequeña.
El problema de la respiración a bordo durante las inmersiones se resolvió definitivamente gracias a un ventilador que reciclaba el aire de la cámara interior y lo hacía pasar por un purificador donde el anhídrido carbónico (CO2) desprendido por los tripulantes era eliminado al entrar en contacto con el hidróxido de calcio (Ca(OH)2). Había además un generador de oxígeno que introducía en la masa de aire reciclada una cantidad de oxígeno igual a la que los tripulantes habían consumido.




El sistema de inmersión-emersión se perfeccionó y quedó definitivamente establecido: en primer lugar se llenaban de agua las vejigas de flotación pero posteriormente (se había suprimido la hélice horizontal) entraba en funcionamiento la vejiga natatoria, que constaba de un tanque de lastre que comunicaba con otros dos -llamados tanques de presión- mediante una bomba de tres cuerpos. Estos tanques de presión se habían llenado previamente de agua, gas o aire, en proporción 1:1 y a una presión doble de la que correspondía a la profundidad que se quería alcanzar. Así pues, con las vejigas de flotación llenas de agua, sólo se había de admitir más agua en el tanque de lastre para que el sumergible iniciara la inmersión. Para detener el movimiento de descenso o volver a la superficie bastaba con abrir las espitas de los tanques de presión para que los gases a presión expulsaran parte del agua que contenían. A continuación, la bomba impulsaba el agua del tanque de lastre hacia los tanques de presión restableciendo así las condiciones iniciales. La operación podía repetirse tantas veces como fuera necesario.
El segundo Ictíneo fue construido para navegar y trabajar (estaba dotado de una garra exterior retráctil, como la actual Denise de Cousteau y el OFRS) a -50 metros de profundidad, con un coeficiente de seguridad igual a 10... ¡tres veces superior al del batiscafo! Esto quiere decir que, llegado el caso, podía sumergirse tranquilamente a más de -100 metros, con su casco resistente de madera de olivo, cilíndrico y terminado por dos conos, dos semielipsoides o dos esferas y reforzado por un revesti­miento de roble, de 6 cm de espesor, recubierto de chapa de cobre y que constituía el casco carenado propiamente dicho, que daba líneas hidrodinámicas al Ictíneo.

Nacho Padró
 

Notas sobre el ICTINEO I de Narcis Monturiol (1859).



Como llevo varios meses leyendo y revisando cosas de los Inctineos de Monturiol, escribo algunas notas sobre los dos Ictineos del insigne ampurdanés:
En 1859, Narcis Monturiol i Estarriol, botaba el primer Ictineo en el puerto de Barcelona, concretamente las primeras pruebas con el prototipo del Ictíneo se realizaron en el puerto de la Mar Vella de Barcelona el 28 de junio de 1859. El inventor catalán dio el nombre de Ictíneo a su buque submarino porque éste era, en efecto, pisciforme.
Con esta nave de 7 metros de eslora y 2,5 de manga y a pesar de ser de experimentación, se llevaron a cabo 54 inmersiones en las pruebas oficiales. Este primer Ictineo constaba de de dos cascos, uno interno llamado casco de presión y otro que tenía forma de pez y envolvía a este; la fuerza motriz era humana: de un máximo de 5 tripulantes que admitía, cuatro accionaban la hélice propulsora. Por otro lado, la inmersión se conseguía llenando de agua unos tanques llamados vejigas de flotación. Tras esta operación, la nave quedaba entre dos aguas. A continuación, una nueva hélice, en este caso horizontal, permitía efectuar los movimientos de descenso y de ascenso.
Respecto a la atmósfera de la cámara habitable y a pesar de la posibilidad de llevar a bordo oxígeno embotellado, Monturiol y sus compañeros respiraban con normalidad el aire inicialmente puro encerrado en el interior del sumergible. Cuando las condiciones físicas de los tripulantes llegaban al límite, entonces se volvía nuevamente a la superficie, operación que se conseguía expulsando el agua de la vejiga de flotación mediante una bomba de mano
Tras el éxito de la primera inmersión, Monturiol organizó una se­gunda prueba para el 23 de septiembre del mismo año, a la que invitó a las autoridades y periodistas barceloneses. El Ictíneo se sumergió majestuosamente, alcanzando una profundidad de diez metros, donde permaneció varios minutos. La misma prueba se repitió tres veces con­secutivas y, por último, el sumergible cubrió un recorrido de 500 metros en inmersión. La duración total de esta segunda inmersión, perfecta­mente regular, fue de ¡dos horas y veinte minutos!
En 1850, Monturiol, Font y Altadill fundaron una sociedad con cien mil pesetas de capital "para la construcción de un barco-pez capaz de sumergirse, emerger y navegar entre dos aguas a voluntad de sus tripulantes".
El 28 de noviembre de dicho año, efectuáronse nuevas pruebas en el puerto de la Barceloneta, ante varios ministros del Gobierno. Estas pruebas fueron continuadas en la dársena de Alicante, el 8 de mayo de 1861, ante una comisión de técnicos nombrados al efecto por el Gobierno.
Ambas pruebas fueron tan concluyentes, que las altas autoridades de la Nación prometieron al genial ampurdanés el apoyo oficial... que no llegó jamás, pese a la fe que manifiesta el figuerense en esta dedi­catoria: "Que Isabel II sea la Isabel I del mundo submarino, es el más ferviente deseo de Monturiol".
A pesar de sus amargas decepciones, y con la ayuda de varios de sus amigos -entre los que se encontraba el Gremio de Zapateros de Barcelona-, y gracias a una suscripción nacional, fundó una nueva Sociedad por acciones que reunió la suma, considerable para la época, de 1.700.000 pesetas. Así, el genial inventor pudo botar, el 2 de octubre de 1864, su segundo y último Ictíneo.

Actualmente se puede ver una reproducción de este Ictineo en la entrada del MMB de Barcelona.

Nacho Padró